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Lina María Múnera Gutiérrez
Columnista

Lina María Múnera Gutiérrez

Publicado el 06 de mayo de 2022

Sangre plastificada

Habitamos un mundo lleno de últimas oportunidades. Para salvar al planeta y, por ende, para salvarnos. La última alerta proviene de Naciones Unidas, que informa que la masa global de plástico que hay en la Tierra supera ya la de todos los animales juntos y, siendo esto aterrador, no es lo más grave.

Lo peor es un enemigo prácticamente invisible llamado microplástico, que genera unos efectos nocivos que se acumulan en grandes cantidades en el fondo del mar y flotan en las aguas de los océanos. Es tal la cantidad que se han llegado a encontrar hasta 50.000 partículas de plástico en un kilo de tierra. Y ya se pudo comprobar que estos microplásticos también se encuentran en la sangre humana. Cómo no, si están en todas partes: en el agua que tomamos del grifo, en los alimentos que comemos y en el aire que respiramos.

Quienes saben del tema calculan que el entorno natural recibe cada año 20 millones de toneladas de polvo procedentes de la industria plástica, pequeñas partículas que se desprenden de cosas tan cotidianas como un vaso de café, las colillas de los cigarrillos o los neumáticos de un carro.

Por otro lado, ingerir microplásticos es una práctica extendida en el reino animal. Las ballenas los filtran en el agua, los corales los incorporan a sus organismos e inclusive existe en el fondo marino de las islas Marianas un cangrejo devorador de plástico al que los científicos han bautizado con el nombre de Eurythenes plasticus.

Entonces, ¿qué hacer? ¿Adaptarnos o morir? Probablemente, porque parece que es imposible frenar ya el daño hecho. Aunque a partir de ahora no se fabricara un solo gramo más de plástico, hay 2.600 millones de toneladas en uso que terminarán en el medio ambiente.

Así que, volviendo a eso de las últimas oportunidades, Naciones Unidas quiere activar un acuerdo internacional sobre el tema, pero se ha encontrado con un muro infranqueable en la industria de los petroquímicos, que busca impedir esa regulación a como dé lugar porque afecta sus intereses económicos. Una más de las eternas microbatallas de siempre.

Y no es que la propuesta hable precisamente de erradicar el plástico del mundo. Nadie niega el bien que ha significado para entornos como el de la medicina, en donde los productos desechables han ayudado a prevenir infecciones. Pero esa necesidad que supieron crear en el ámbito doméstico es absolutamente innecesaria. Dicen los estudiosos de la economía que el éxito de la penetración de este material en la sociedad es un hito histórico. Desde su invención en 1907 hasta que su consumo superó al acero en 1983, nunca antes se había observado un fenómeno de asimilación más rápido.

Vivir siempre es un reto, pero la verdad es que nos lo ponemos más difícil cada vez. Ahora ya no solo somos ese polvo litúrgico que se invoca con frecuencia, sino que fluyen por nuestras venas y se alojan en nuestros órganos intrusos diminutos en forma de microplásticos. Seguro que nada bueno traerán.

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