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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 24 de febrero de 2022

Se llama libertad

Por todas aquellas a quienes la religión les ha impedido tomar decisiones propias e informadas. Por las subyugadas que no logran entender el alcance de lo conseguido en la Corte.

Por todas, absolutamente todas las mujeres. Por las que han abortado antes y abortarán después. Por las que se han arrepentido de hacerlo. Por las que se han arrepentido de no hacerlo. Por las que murieron desangradas en la camilla sucia de un antro clandestino. Por las valientes que reclamaron su derecho a abortar desde antes de que fuera un derecho. Por las activistas. Por las que ayudaron a desconocidas cuando nadie más quiso hacerlo. Por mi abuela que tuvo nueve hijos y nadie le preguntó si quería y podía tenerlos. Por el consejo de no embarazarme hasta no estar segura de querer que alguien me llamara mamá. Por los hijos que no tuve gracias a su consejo. Por todas las que vieron a su pareja salir corriendo cuando más la necesitaban. Por las que no tuvieron dinero ni EPS ni educación que les permitiera decidir sobre sus cuerpos. Por las que ni siquiera saben que pueden decidir sobre sus cuerpos. Por las que no han tenido nada. Deben saber que hoy tienen —tenemos— mucho más de lo que alguna vez imaginamos. Tenemos algo inmenso. Se llama libertad.

Por la compañera a quien su padre golpeó en la cara cuando se enteró de su aborto clandestino. Le dijo: “Los hijos no se matan”. La echó de la casa y le quitó el apoyo económico. Lean bien: la golpeó, la echó de casa, le quitó el apoyo económico, supuestamente, porque “los hijos no se matan”. Y al hacer todo eso la “mató”. Jamás volvió a la universidad. Ni a la casa. Tenía 19 años. Por ella y por todas las que nunca volvieron. Por las que murieron. Por las que quedaron estériles después de un aborto mal practicado y alguien las convenció de que ese era el castigo de dios. Por todas aquellas a quienes la religión les ha impedido tomar decisiones propias e informadas. Por las subyugadas que no logran entender el alcance de lo conseguido en la Corte. Por las que no ven más allá de sus propias narices, de su propio entorno y de su propia realidad afortunada. Asómense, señoras, aunque sea a la ventana. Hay otras mujeres y otras circunstancias que en nada se parecen a las de ustedes. No se atrevan a medirlas con el mismo rasero.

Solo hay una cosa más violenta que abortar y es obligar a una mujer a no hacerlo cuando ya lo ha decidido. Y, encima, castigarla por ello. Hoy no estamos celebrando el aborto. La despenalización no es una invitación a abortar. Ninguna mujer está obligada. Lo que celebramos es la libertad de decidir, desde la individualidad, si hacerlo o no hacerlo. Celebramos la eliminación del delito. Celebramos, incluso, a las mujeres que aún no comprenden el verdadero trasfondo del fallo. Celebramos también a sus hijas y a las hijas de sus hijas. Ellas algún día lo agradecerán. Igual como yo hoy le agradezco a la generación de mi madre la lucha por el divorcio. Y a la de mi abuela por el voto.

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