Hace un montón de años, cuando estaba muy chiquita, mi idea de la felicidad tenía varias formas. Tal vez la más recurrente era imaginarme en un bosque soleado, bajo la sombra de un árbol frondoso, leyendo revistas de aventuras y comiendo manzanas rojas que tomaba de una canasta a mi lado. A veces podía materializar mi sueño acostada en una hamaca en el corredor de una finca cafetera leyendo Corazón, de Edmundo de Amicis, o Asistencia y camas, de Rafael Arango Villegas. Sin embargo, teniendo en cuenta que vivía en un pueblo donde las manzanas rojas solo existían en la revistas de Disney, cambié mi objeto del deseo por mandarinas criollas.
Con el tiempo, mi noción de felicidad fue cambiando. A veces se desdibujó hasta preguntarme qué es, dónde...