Esa inmensa dónut que flota en el espacio negro no deja de asombrarme, ser testigo de esa proeza de la inteligencia humana me sorprende, agradezco saberme parte del universo y partícula minúscula de un entorno incontrolable, celebro la existencia de estos científicos del mundo que por encima y a pesar de los políticos lograron ponerse de acuerdo para trabajar de manera colectiva y lograr así capturar “el último punto donde se ven los objetos antes de caer en los agujeros, fenómenos interestelares caracterizados por una poderosa fuerza gravitacional de la que no escapa ni la luz, pese a su velocidad”.
Fotografiar un agujero negro es un hito, visualizar algo que se encuentra en una galaxia ubicada en el cúmulo de galaxias de Virgo, a 55 millones de años luz de la Tierra y cuya masa equivale a 6,5 mil millones de veces la masa del Sol da cuenta de esta proeza, estos avezados científicos convirtieron la tierra en un telescopio gigante que les permitiría observar “una naranja en la superficie de la luna, o leer, desde Nueva York, un periódico que se encuentra en algún café de París”, contemplar el cielo es mirar el pasado, dijo una de ellas.
Imagino que un privilegio similar debieron sentir quienes fueron testigos de la transición de los balbuceos y sonidos guturales a los fonemas que nos permitieron construir palabras y oraciones, el origen del lenguaje, sea cual sea, fue un proceso complejo y aún no resuelto que algunas teorías sitúan hace más de setenta mil años; de que hablábamos o cuál fue la primera palabra que pronunciamos, son incógnitas no resueltas que igual que las pictografías de las cuevas o los petroglifos buscaban representar el mundo, el hombre y sus actividades. Dice Christine Kenneally en su libro La Primera Palabra: En Busca de los Orígenes del Lenguaje, que “por su gran poder para herir y seducir, el habla es nuestra más efímera creación; es poco más que aire, sale del cuerpo en una serie de exhalaciones y se disipa rápidamente en la atmósfera. [...] No hay verbos conservados en ámbar, ni sustantivos osificados, y ningún chillido prehistórico quedará impreso en la lava que le atrapó por sorpresa”.
Los romanos realizaron impresiones con caracteres elaborados en arcilla y los chinos diseñaron la primera imprenta de tipos móviles con piezas de porcelana, sin embargo imagino la emoción de Gutenberg y sus asistentes al ver finalizada la impresión de la primera Biblia que salió de su taller, pasar de la copia manuscrita a la posibilidad de la reproducción mecánica significó una revolución cultural enorme que no se detiene. Escribimos y hablamos para supuestamente comunicarnos, nos obsesionan los canales, los medios y los dispositivos que nos permiten entablar conversaciones, las teorías más actuales hablan de que los nuevos píxeles son las palabras y no las imágenes, volvemos siempre al punto de partida, nos asombra lo más complejo y menos mal, no deja aún de sorprendernos lo más simple.
Aquí vamos y al parecer aquí seguiremos, a millones de años luz de todo y de nada, del centro y del otro, aquí, donde tantos pretenden anclarnos al pasado, ausentes del universo, ignorando los hallazgos y los logros de la civilización, el futuro parece pertenecer a nadie y las ideas ser suelo estéril. Por eso, a pesar de ellos y por todos, es menester no rendirse y nunca dejar de soñar.