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Rosa Montero
Columnista

Rosa Montero

Publicado el 11 de marzo de 2022

Seguir bailando

El ave del paraíso de Victoria es un pájaro originario de Australia. Es bastante vistoso, pero su fama viene del espectacular baile de cortejo que realiza el macho. Acabo de ver un vídeo que me ha dejado impresionada: un joven ejemplar de esta especie se arranca a danzar frente a una hembra. Despliega y levanta las alas, como quien alza los brazos, y esconde la cabeza detrás de cada una de ellas alternativamente en un gesto elocuente y melodramático. Da saltitos de acá para allá, cimbrea el cuerpo, esponja el pecho hasta convertirlo en una bola de plumas, y su gesto de enterrar la cara en el ala (como si se llevara el dorso de la mano a la frente) se va haciendo más vertiginoso. Cuando ya parece imposible que pueda menearse a más velocidad y es evidente que está en la cúspide de su exhibición, la hembra, que ha permanecido todo el rato entre nerviosa y displicente, alza el vuelo y se marcha. Impresiona ver cómo el pobre macho detiene la danza, cómo se queda con las alas extendidas como un pasmarote (toda esa ofrenda inútil), literalmente boquiabierto, es decir, picoabierto, contemplando con ojos vidriosos cómo se va la chica. No consigo olvidar el esfuerzo ímprobo del pobrecito pájaro y su desconsuelo. Son unas imágenes conmovedoras.

Hay otro ritual de cortejo extraordinario, el de la mantarraya, una criatura marina descomunal que puede alcanzar una envergadura de ocho metros y un peso de 1.400 kilos. Pues bien, este gentil coloso oceánico es capaz de impulsarse fuera del agua a una altura increíble y volar haciendo piruetas antes de precipitarse de nuevo sobre el mar y darse un formidable panzazo. Hay un vídeo de la BBC que recoge estos saltos y que debe de estar entre las imágenes más hermosas que he visto en toda mi vida. Cuando la filmación se hizo, se suponía que eran machos cortejando, pero luego se demostró que eran hembras que, a la hora de buscar pareja, se ponen a nadar a toda velocidad seguidas por una cola de aspirantes, entre quienes escogen a los más rápidos y fuertes. Y sus espectaculares brincos son para llamar la atención y hacer que la concurrencia de machos sea lo más grande posible (me encantan estas hembras decididas y atléticas).

Todo este esfuerzo de las mantarrayas conduce a un acoplamiento sexual de tan solo treinta segundos de duración. Y tampoco creo que las aves del paraíso empleen en su tejemaneje mucho tiempo más. ¿Por qué será que cada vez encuentro más semejanzas entre el ser humano y los demás animales? Puedo reconocernos fácilmente en esa excitación anticipatoria, en el despliegue afanoso de la mejor versión de uno mismo, en el palpitante frenesí. Y después, demasiado a menudo, en el anticlímax de la realidad. Desde luego, los genes son unos tiranos. Ya lo decía Schopenhauer: el amor es un engaño de la naturaleza para conseguir la perpetuación de la especie. A las mantarrayas quizá les baste la emoción sublime de volar y el tranquilizador logro de aparearse, pero en nuestra especie, con las complicadas cabezas que tenemos, habiendo disociado sexo y procreación, enajenados de nuestra parte animal y conscientes de la superpoblación, las cuestiones amorosas nos cortocircuitan la sesera.

Y no hablo solo del amor pasional y sexual. Hablo de la básica necesidad de que te quieran. Por eso me ha conmovido tanto ese macho danzarín desdeñado, con su expresión de despavorida incredulidad y su entrega hermosa e inútil. Y es que en él veo reflejado ese anhelo esencial que experimentamos los humanos de ser mirados, apreciados y elegidos. A este pajarito, y a todos los pájaros del mundo, con plumas o sin ellas, les recomiendo no desmayar, volver a intentarlo y seguir bailando 

El País

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