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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 19 de noviembre de 2022

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en voz alta

Quisiera seguir hablando de la lectura en voz alta, que fue el tema de mi columna de hace ocho días. Citaba al final de ella, si bien se recuerda, al escritor francés Albert Thibaudet y su ensayo El lector de novelas (o El leedor de novelas), que leí en los primeros años de la década de los ochenta. En otra oportunidad, si Dios nos da vida, hablaremos de esa distinción que él hace entre lector y leedor.

Lo recuerdo bien porque fue cuando García Márquez ganó el Nobel de Literatura y todos mirábamos embrujados hacia Aracataca. El ensayo del gran comentarista francés había sido publicado en Intermedio, suplemento dominical del Diario del Caribe (octubre 23 de 1983), traducido por Alfonso Fuenmayor (1917-1994), uno de los famosos tertulianos de La Cueva, donde se reunía el Grupo de Barranquilla. Él era, valga la pena recordarlo, director del diario barranquillero en ese lejano 1983.

Pero vengamos a Thibaudet (1874-1936) y la lectura en voz alta. En el texto mencionado el autor galo hace un análisis enjundioso del origen de la novela, colocándolo no en los autores sino en los lectores. Cuando nacen las lenguas romances - dice -, al lado de los escritos en latín, que solo eran entendidos por clérigos y eran guardados en bibliotecas, “lo escrito en lenguas romances no tiene su fin en sí mismo, en una lectura individual. Sirve sencillamente para ayudar a la memoria, para una lectura en voz alta ante un público. No asegura la vinculación a una literatura escrita, sino a una literatura oral”.

Thibaudet demuestra cómo los incipientes relatos novelísticos fueron escritos para ser leídos en voz alta. Y aclara que la novela logra cuajar como género literario precisamente porque dos públicos, que escuchaban los relatos, les dieron su acogida: los peregrinos, para quienes se compusieron las canciones de gesta, y las mujeres, para quienes se compuso la literatura cortesana, lo que se llamaría novela bretona.

Afirma Thibaudet: “Esta literatura llamada de corte, esta literatura novelesca, ha nacido si no en la alcoba de las damas al menos para la alcoba de las damas, como la literatura de las canciones de gesta nació para las posadas de los peregrinos”. Expone luego, antes de embarcarse en un interesante análisis sobre los diversos “leedores” de novelas, cómo con la aparición de la imprenta y la propagación del libro se inició el hábito de la lectura individual, silenciosa, aislada. Esta, para los que oían leer en voz alta en iglesias y posadas. Era un pecado solitario de clérigos, monjes e intelectuales exóticos.

Por lo demás, la lectura en voz alta, me atrevo a decir para terminar, puede ser la piedra de toque para saber si un texto está bien o mal escrito. Haga la prueba y verá. Yo, lo confieso, suelo resolver dudas sobre la pertinencia de algo que escribo, sobre el impacto que pueda producir en quien lo lee, sobre su acierto o su encanto literario, leyendo en voz alta lo que escribo, lo que estoy escribiendo, lo que he escrito. Una frase, un párrafo, una página, un ensayo, un libro, un poema. Y al leer un texto ajeno, si me gusta o sorprende, o si no lo entiendo y me desconcierta, freno la lectura silenciosa y lo releo en voz alta. Descubro cosas que no había captado en la lectura muda de un encierro solipsista. Pero pienso que mejor que echar carreta en voz alta sobre el tema, es callar, callar en voz baja. O callar en voz alta, que también es una posibilidad.

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