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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 10 de septiembre de 2015

Sembrar jardines

Cerca al lugar donde trabajo hay un pequeño problema. Si caminan desde allí hasta un cercano centro comercial –popular para el almuerzo de muchas personas- se encuentran con un curioso dilema cívico: en el trayecto, la acera toma una curva abierta en una intersección de la vía, dejando una amplia franja de grama en la “mitad del camino” de un lugar a otro. Así, si continúa por la acera, el transeúnte debe caminar varios pasos más haciendo una larga curva, pero si se atraviesa por en medio de la grama puede ahorrarse “valiosos segundos” en su recorrido.

Debido a este diseño poco ingenioso para la acera, no resulta sorpresivo que la mayoría de los transeúntes se atraviesen por medio de la grama y que con el pasar de los meses hayan abierto una trocha de tierra que conecta un tramo de la acera con la otra, señalando el camino más corto entre mi lugar de trabajo y el centro comercial.

En una reciente clase de políticas públicas le plantee este pequeño problema a mis estudiantes de Ciencias Políticas: “¿cómo debería abordar el Estado este incumplimiento de sus normas? ¿Cómo puede hacer para que las personas transiten por la acera y no por la trocha”.

Obtuve cuatro respuestas, tres muy intuitivas y una que me sorprendió.

La primera es una de las más obvias: pavimentar el camino hechizo, es decir, formalizar la informalidad. Parte de reconocer que el Estado se equivocó al diseñar la acera y que la gente suele ser mejor en determinar asuntos como por dónde es mejor caminar y cómo se puede llegar más rápido a un lugar. Pero aunque atractiva, esta solución no puede aplicarse a otros contextos de problemas sociales, por ejemplo ¿podríamos formalizar la utilización de mercurio en la extracción minera informal? ¿Resulta eficiente que “pavimentemos” todas las “trochas” que abren nuestros ciudadanos?

La segunda respuesta de mis estudiantes fue proponer poner un letrero que invite a cumplir o amenace con sancionar al incumplidor. Mejor dicho, un letrero que le recuerde a las personas, por medio de la persuasión o la amenaza, cómo deben comportarse en estas situaciones. Pero teniendo en cuenta lo “costoso” en términos de tiempo que resulta seguir la acera y lo difícil de cumplir la amenaza de sanción, es poco probable que las personas le hagan caso al letrero.

La tercera propuesta es levantar una cerca que limite el tránsito de las personas por el tramo de tierra y los obligue a seguir caminando por la acera. Y aunque resulta tentadora (tanto, porque se parece a la mayoría de las soluciones que implementa nuestro Estado), supone una coerción innecesaria y una aproximación de “vender el sofá” respecto a atender problemas públicos, que no intenta solucionarlos, sino echarlos bajo la alfombra.

La última opción la dijo una estudiante, que luego de algunos instantes de meditar exclamó: “¿y si sembramos un jardín?”. El jardín no solo mejoraría estéticamente el lugar, sino que le plantearía un dilema a los ciudadanos respecto a pasar por encima de las flores. Lo interesante de esta propuesta es que busca resolver el problema apelando a lo mejor en el comportamiento de las personas, porque espera de ellos respeto ante el “jardín”, aumentando la carga moral de incumplir y no caminar por la acera. En términos efectivos, es ingeniosa sin ser pesimista sobre los ciudadanos.

El ejemplo del problema y las alternativas para solucionarlo que se nos ocurre da cuenta de un desafío profundo en las políticas públicas y las decisiones de gobierno, que formalicemos informalidades, hagamos amenazas o invitaciones vacías o nos rindamos a la coerción cuando podemos sembrar jardines.

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