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Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 28 de septiembre de 2022

¿Será un fracaso?

De acuerdo con las tendencias demostradas en lo poco que va del gobierno de Petro, el panorama no es promisorio. Si bien es cierto que en la campaña electoral, con su exceso de promesas, despertó toda clase de ilusiones y de emociones, se guardaba la esperanza de que al estar en pleno ejercicio del poder, con la carga de responsabilidades que eso significa, asentara los pies sobre la tierra para darse cuenta de la diferencia entre el discurso de campaña y las realidades en el mando.

Las invasiones de tierras están en su apogeo. Las advertencias para imponer el orden a través de la ley no se han cumplido. Los invasores desafían al gobierno anunciando que no desalojan lo que no es suyo. El ministro de Defensa no acierta en sus vacilantes anuncios. El conflicto se está regando. Varios departamentos del sur y del norte del país comienzan a dejar en el ambiente, olor a humo.

La violencia urbana está disparada. El tráfico de armas, el microtráfico de droga, las extorsiones, los homicidios están acorralando a una sociedad que no ve ni siente autoridad competente que la proteja. La Policía esta desestimulada. Los líderes sociales caen asesinados en fila como fichas de dominó. Volvió la moda del siniestro sistema de descuartizar a las víctimas para lanzarlas encostaladas a muladares como si fuera carroñas. La falta de pruebas, el vencimiento de términos son las palabras más usadas por la Justicia para lavarse las manos. Y ante la ineficacia de la justicia institucional, los afectados por los delitos se la toman con sus propias manos.

El discurso presidencial ante la ONU tuvo mucho de lírica, de denuncias, de utopías, de exageraciones. Afloraron toques literarios propios de la esencia del populismo. Las grandes potencias mundiales —victimarios en su catilinaria— pondrán oídos sordos a la voz de un mandatario que viene de un país víctima del narcotráfico, pero que poco significa en el juego mundial de los poderes políticos, económicos, bélicos, diplomáticos. En la mejor de las suertes, podrá quedar como constancia histórica de las muchas que llenan las actas de los cientos de conferencias que cada año los organismos internacionales organizan para alimentar su burocracia.

Al país sensato, a la gente que cree en su país, le interesa que Petro haga un buen gobierno. Si le va mal, la misma suerte correría la nación. Tiene aún en su haber encuestas de opinión pública que le favorecen, así como el factor tiempo, suficiente para darle un rumbo adecuado a su gestión de gobierno.

De no hacer las enmiendas y ajustes, vía democrática, el riesgo que corrió el país de tener el primer gobierno de extrema izquierda en su historia republicana sería funesto. Con el agravante de que no se ve quién pueda ser la alternativa inmediata de poder, vacío no solo existente en la propia dirigencia petrista, sino en lo que quedó del viejo y fracasado bipartidismo. La confusión comienza a convertirse en pesadilla 

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