“Si digo que vivas, vives. Si digo que mueras, mueres. Pero da la casualidad que tienes el mismo nombre de bautismo de mi hija, así que vivirás”. Esas palabras las pronunció el general Galtieri cuando visitó una cárcel de la dictadura militar Argentina. Recordé esa escena mientras participaba, la semana anterior, en el foro “La reconciliación, más que realismo mágico”, donde salieron a flote algunas lágrimas provocadas por los recuerdos del cautiverio y el maltrato sicológico ocasionados por las Farc.
Esa misma sentencia de Galtieri: “si digo que mueras, mueres”, es semejante a lo que nos decían los guerrilleros. Un acto de desprecio y humillación; una tortura sicológica que infundía permanente miedo y zozobra. Era tan poderoso eso, que cuando...