Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 15 de abril de 2019

Sin ideas no hay paraíso

Una inteligente exalumna y colega decidió eliminarme de una discusión porque le insistí en que no acepto la sumisión a ninguna ideología y he preferido pensar con ideas propias e independencia. Me apoyo en la crítica a la alienación intelectual por aprenderse libretos rígidos e inflexibles de consignas y eslóganes, de Norberto Bobbio, de Isaiah Berlin y en la actualidad del psicólogo canadiense Jordan Peterson, quien trata de la posesión ideológica.

No debería hablarse de izquierda ni de derecha. Es una catalogación arbitraria, que, de entrada, inhabilita para sostener una interlocución válida y desarrollar una tarea comunicativa que facilite la aproximación de opuestos en torno a cualquier asunto.

¿Qué les pasa a los que sólo pueden discutir si tienen la ayuda de un manifiesto, un catecismo, un texto doctrinario, un discurso ideológico repetido de memoria y sin someterlo a examen libre y despojado de prejuicios? Están confundiendo las ideas con la ideología y se sienten exonerados de la responsabilidad de plantear tesis consecuentes, de explicarles a los electores potenciales y a la gente qué pretenden hacer si alcanzan el poder, de consultar la realidad para hacer pertinentes sus propuestas. Caen en el vacío conceptual.

Todo aquello que sea real pero no encaje en su ideología queda suprimido. Incluso queda eliminado de la discusión y de la categoría de ciudadano y ser humano respetable todo aquel que no se acomode a su marco ideológico. Pero primero lo descalifican con denuestos. Por ejemplo, se ha vuelto muy común decirle al contrario que es un godo, un facho, un proimperialista, un neoliberal, un paraco, un ultramontano, etc., antes de declararlo inhábil e inexistente y degradarlo.

Peterson define el problema como posesión ideológica. Yo la compararía, en algunos casos, con la posesión demoníaca e insinuaría el exorcismo como remedio. La ideología se apodera de sus corazones y cerebros. Incluso si uno, sin ser afín a su modo heterónomo de pensamiento, admite que podría estar de acuerdo con ellos en determinados temas, se bloquean y miran tal actitud como inconcebible.

Y en nombre de la ideología, víctimas de la posesión ideológica, profesan el pensamiento totalitario. Nada, por fuera de su ideología. Nada, ni siquiera un proyecto de país, una propuesta sensata, un aporte inteligente a las discusiones. El descrédito y el desplome de la izquierda en América Latina y el desperdicio de las posibilidades de una oposición constructiva en Colombia, se deben a esa incapacidad de superar modelos anacrónicos fracasados y alcanzar el tren de la historia, a esa impotencia para renunciar a un libreto obsolescente, a esa prédica destructiva del odio y la violencia verbal por la eliminación moral del contrario. Se les agotaron las ideas. Y sin ideas sí que no hay paraíso.

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