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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 01 de octubre de 2022

Sin olor a incienso. Sin aureolas

¿Puede una muchacha muerta a los 24 años, carcomida por la tisis, ser un símbolo de la esperanza para el hombre de hoy? O mejor, ¿puede esa muchacha ser un mensaje de esperanza para usted o para mí, que vamos por la vida hacia la muerte atravesando un subterráneo oscuro, teniendo por delante un muro cerrado que no nos deja ver el horizonte de luz en lo que creemos y que, estamos seguros, nos espera al final del camino?

Pues hace 125 años, al atardecer del 30 de septiembre de 1897, moría en Francia, a la edad de 24 años, una joven monja carmelita en medio de una oscura noche de fe. Sentía que no la esperaba nada en lo que había creído y que confiaba encontrar. “Estoy en un subterráneo oscuro”, dijo ella. Morir era eso, un muro que no dejaba ver nada.

Therese de Lisieux, Teresita del Niños Jesús (1873-1896), a la que conocemos como santa Teresita (cuya fiesta litúrgica es precisamente hoy, 1.º de octubre) es una santa atractiva y atrayente que goza de simpatía en el pueblo, pero no es, ni mucho menos, una santica de azúcar y alfeñique y, por el contrario, despierta también interés entre teólogos, intelectuales y filósofos. Yo me atrevería a decir que es patrona de ateos e increyentes.

Su experiencia espiritual y teológica es tan honda y tiene tanta reciedumbre, en medio de su sencillez femenina, que es un sorpresivo descubrimiento para el hombre contemporáneo, desacralizado y deshumanizado, angustiado como nunca por el silencio de Dios y las defecciones de las iglesias y las religiones.

A Teresa de Lisieux se la ha desvirtuado mucho porque se la ha presentado con cierta melifluidad. Los mismos diminutivos que han acompañado su propagación devocional la han desfigurado. Ya insinúa un cierto tono menor el nombre de Teresita, que ella misma usó en vida apropiándose del diminutivo en español como referencia cariñosa y filial a Santa Teresa de Ávila, la fundadora de las carmelitas.

Habló de una “petite voie”, de un camino pequeño, de un “caminito” (el diminutivo es una mala traducción) para plantear la doctrina de la Infancia Espiritual que ella creó. Eso dio pie para creer que su propuesta religiosa y su espiritualidad tenían un deje de facilismo y melindre.

Lo que Teresa de Lisieux propone es una revolución. Frente a la arquitectura gótica de las grandes exigencias ascéticas, proclamar la simple aceptación de la condición humana. Frente a las cargadas estructuras barrocas de un misticismo de éxtasis y arrobamientos, ensayar la vivencia del abandono en los brazos de Dios. Eso es la Infancia Espiritual: ser niños que juegan a la vida (y a la muerte) bajo la mirada de un papá. De Dios.

La complicada escala de subida metódica y lenta hacia la perfección es reemplazada por un ascensor. Maravillada por los inventos de su época, Teresita decía: “Estamos en el siglo de los inventos. Ahora no hay que molestarse en subir grada a grada una escalera. En las casas de los ricos un ascensor la reemplaza con ventaja. Yo también quiero inventar un ascensor para elevarme hacia Jesús, porque soy demasiado pequeña para subir la ruda escalera de la perfección”.

Leer sus escritos no es una recomendación piadosa. Es, simplemente, señalar una guía para viajeros nocturnos de la esperanza. Para enfrentar el muro. Y descubrir, de pronto, que eso que llaman santidad, vivencia religiosa o experiencia mística cabe en la sonreída (y a menudo llorada) aceptación de la condición humana. Sin olor a incienso. Sin aureolas 

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