Con el ceño fruncido, ajeno a sonrisas y galanterías, Donald John Trump entró a la tribuna, en el lado oeste del Capitolio, donde al medio día, bajo un cielo cobalto y una lluvia liviana pero persistente, prestaría juramento como el Presidente número 45 de los EE. UU.
Lentamente caminó hacia el podio y cortésmente, pero sin zalamería, saludó a los expresidentes y sus señoras, entre ellas, a su oponente Hillary Clinton, a quien la gran mayoría daba como segura vencedora. La tensión era fácil de sentir. Un hombre ajeno a Washington y duro crítico de la clase política, a partir de ese día sería jefe supremo.
Fue una posesión diferente a todas las que hemos visto en décadas. Era evidente la incomodidad que sentían los poderosos políticos allí presentes;...