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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 12 de octubre de 2019

SOBRE EL YOM KIPUR

Estación Pecados en Fila, a la que llegan estados de conciencia, buscadores de arrepentimiento, revisores de su propia vida, gente en los umbrales del bien y del mal, los que cumplen y los que no han cumplido, los asustados y los que se siguen haciendo preguntas sobre el aquí y el ahora, el cuándo y las obligaciones adquiridas, los que ya están en paz y los que la buscan, los tranquilos porque no se han salido de sí mismos ni de sus relaciones con la alteridad y los que revisan con cuidado no sea que les haya quedado faltando algo. Y frente a estos pecados en fila, que van llamando de a uno en uno para hacer el inventario, unos lloran y otros rezan, algunos se excusan y los más aceptan, pues frente al pecado cometido uno es su propio juez y no se pueden decir mentiras, a menos que sea un psicópata. De los pecados se ha dicho mucho, que son los que van contra la naturaleza y carcomen, pero se llega a un acuerdo: son las acciones que no dejan funcionar bien, impiden el sueño y crecen el miedo.

En el judaísmo, llegando los días de la vendimia (cuando recogemos lo sembrado), cada año se celebra el Yom Kipur, un día de expiación en el que se ayuna y el creyente (y el no creyente pero racional) se enfrenta a a todos los pecados que puede cometer un hombre para certificar cuáles cometió y cuales no, hacer un balance de su vida y pedir, como dice la tradición, ser inscrito en el libro de la vida. Claro que el ángel que maneja este libro, escribe en él los que seguirán vivos y los que habrán de morir. Por esto, a este día hay que llegar con todas las deudas resueltas, las económicas y las sociales, las consigo mismo y las que tocan con el haber vivido. Y si bien el día se recibe en comunidad, el asunto es personal y en él es imposible engañarse: somos nuestros jueces y sabemos qué justicia nos merecemos.

El hombre es racional cuando se juzga a sí mismo con base en sus acciones. Y no es el perdón del otro el que lo limpia sino su propio perdón, lo que exige saber dónde se está y en qué punto, hasta dónde llega su miedo y cómo se compromete a sí mismo para salir de él. Así, la justicia nos proporciona lo justo y en esa justicia nuestro mundo es el que es y no otro.

Acotación: el Yom Kipur se ayuna para no estar en el espacio sino en el tiempo. Y en ese tiempo está lo que hicimos, lo que nos sigue o nos acoge, la paz y los miedos, el haber vivido o el no haberlo logrado. Es un día del temor, automirándonos todos.

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