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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 01 de octubre de 2022

Sobre los honores debidos

Estación Despedida, a la que llegan los duelos y los amigos íntimos, los que ofician el funeral y aquellos que quieren brindar compañía a los que pertenecen a su comunidad (los solidarios). Pero también llega una historia vivida, unos logros obtenidos, unas palabras buenas que siguen sonando en la memoria, una cara que sonreía y lloraba, unas manos que ejercían un oficio, unos recuerdos (que pueden convertirse en literatura, como dice Knut Hamsun), unas festividades celebradas en una mesa común propiciando identidad, unas velas de Shabat que se encendieron, unos abrazos recibidos y unas despedidas de ojos brillantes, unos cantos siguiendo un rezo y una comida que contenía en sí la vida. Así, en la despedida hay un tiempo, una estancia en la tierra, unos espacios habitados, unos viajes hechos, unos hijos que crecieron, un marido con el que envejeció, unas mujeres fieles que habitaron la casa, unas frases que no se olvidan, unos retratos que fueron momentos, unas cosas que tuvieron significados. Y entonces todo se va, pero al mismo tiempo todo se queda.

Qué sea la muerte, no se sabe. Para los pieles rojas y animales de la pradera, es parte de la vida; para los judíos, un sueño del que al final se despierta, luego de la batalla de Armaggedón; para un cristiano, un juicio sobre lo vivido; para un ateo, un apagarse (Arthur Miller dice que todo se hace oscuro); para la naturaleza, un necesario volver a renovarse; para Thomas Bernhardt, un volver a encontrarse con los amigos donde menos se espera y, para Mario Benedetti, un entablar conversación con los que ya no existen. El Kadish (oración funeraria judía, escrita en arameo) repite durante un año lo importante de haber existido. Y algún poeta dirá: morir es el futuro de la vida que, según la kabaláh, es volver a vivirla.

Sea lo que sea (Borges decía que la muerte es entrar en una fiesta), morirse es al fin descansar en paz con relación a las obligaciones y tensiones (de neurosis en adelante) entre los vivos. Pero también es un ejemplo que queda y, si el ejemplo fue bueno, algo necesario al que se debe rendir honores. Pero no con discursos ni estatuas, sino con buenos actos heredados, con modelos que seguir y recuerdos lindos que aparecen de nuevo con solo cerrar los ojos. Si esto pasa, si no hay despedida, sino acogida en el corazón, la muerte no existe, sino que la persona ida ya vive entre nosotros y el mayor honor que se le rinde es vivir por ella. Y viviendo por ella, ya somos dos, somos muchos. Estos son los honores.

Acotación: Esta columna la hago para rendir honores a Sara Manevich, una señora hermosa con un corazón de bondad, trabajadora, innovadora y con la mejor cara que puede tener un ser humano: la de la sonrisa 

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