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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 06 de agosto de 2022

Sobre posesiones presidenciales

Estación Cambio (o presunto cambio), a la que llegan los que todavía no creen que esté pasando (pero pasa); los agoreros que presagian lo peor y soban talismanes; los que se acomodan a la situación así queden estrechos; los que se miran de reojo y cambian de cara (algunos llevan tapabocas); los que no fueron invitados, pero tratan de entrar y empujan; los músicos que afinan instrumentos; los que hablan del Gran Burundú Burundá y de El sueño de las escalinatas (acotando también sobre el tiempo y la variación del dólar); los nombrados (uno que entra y otro que sale); los que apuestan a que no habrá abrazos y si los hay, serán a las carreras; los fotógrafos y camarógrafos que buscan rostros y actitudes curiosas; las mujeres que lucen la última moda (lo que incluye trajes ancestrales); algunos niños que ya se están aburriendo; las autoridades militares y religiosas muy atentas a los paraguas por si llueve. Y entonces la estación Cambio se llena de gente, ya para salir en la foto, tragar entero o lanzar vítores al aire. No sé si en el cielo habrá pájaros y en el ambiente poseídos.

Una posesión presidencial es un acto democrático, en el que de un sistema de gobierno se pasa a otro (o se continúa), todo acorde con una ideología, los movimientos de quienes ganaron las elecciones y las propuestas que se hicieron y que, al momento del cambio de presidentes y ministros, comienzan a funcionar acordes con unos planes de gobierno o cambian de rumbo según sean las presiones (Banco Mundial, potencias presentes) o se desvanecen lentamente debido a los pactos hechos. Como en la novela El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, todo puede cambiar para que nada cambie.

Para el caso que nos ocupa, con esta posesión pasamos de un gobierno de derechas a uno de izquierdas que tiene sus antecedentes en el liberalismo progresista (a la inglesa) de Alfonso López Pumarejo, quien, en 1934, realizó cambios en relación con la productividad de la tierra, la educación con mayor cobertura, derechos laborales más amplios, mayor industrialización y una diplomacia internacional más agresiva. Y a esto que ya vivimos se le agrega hoy una respuesta al cambio climático, la inclusión de grupos humanos tenidos al margen, un mayor ingreso en la ciencia y la cultura, etc. Así que lo que hay de nuevo es poco, nada que en nuestra historia no se haya hecho, al menos como inicio. No es para asustarse, entonces.

Acotación: Latinoamérica está sufriendo cambios, no sabemos si para mejor o peor. Las democracias eligen, las dictaduras destruyen, la incertidumbre es una constante y la paciencia (esperar a que se den las cosas) se ha cambiado por un delirio en el que queremos que el mundo sea como queremos que sea y no como es. Para qué especular tanto 

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