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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 31 de julio de 2021

Sobre próximas ciudades (13)

Estación Patrimonio, a la que llegan los melancólicos (los que quieren recuperar una ciudad que ya no existe) y los que hacen películas para ver qué encuentran, los restauradores y reformadores de espacios y edificios, los creadores de imagen y los muchos profesores que no tienen cómo referenciar lo que dicen, sin que falten los que traen fotos viejas y revistas amarillas, tías que cuentan historias y casetes grabados, ideas para pod cast y hasta ouijas que citen a los viejos habitantes. Y es que, en esto de lo patrimonial, debido a su falta de una definición clara, podría caber desde la arqueología (incluyendo fósiles) hasta la falsificación, como la famosa cerámica Alzate, que, por medio del papel periódico quemado, envejeció tinajas y cerámicas, ahumándolas y haciéndolas pasar por restos de los aburráes. Pero por ahí no va el asunto.

En la ciudad contemporánea, los patrimonios son de cinco clases y todos funcionan en cadena a fin de que la ciudad tenga identidad y cree diferencias en relación con las otras. El primero es el geográfico, que toca con el mantenimiento de la geología natural, las fuentes naturales de agua (arroyos, quebradas, ríos), la flora (plantas y árboles nativos) y la fauna propia del lugar, que es la que poliniza y equilibra la cadena de la vida. El segundo es el patrimonio arquitectónico, que se define no como casas y edificios viejos, sino como esas construcciones que se hicieron con materiales del lugar y obedeciendo a las necesidades e imaginarios de los habitantes. En este punto, es más patrimonial el edificio de Coltejer que el Teatro Junín, que era una copia. Tercero, el patrimonio histórico, este sí usando edificaciones, copiadas o no, donde se llevó a cabo la historia de la ciudad. Prado es un buen ejemplo, igual que Laureles, la América, Villanueva etc. Cuarto, el patrimonio intelectual (la Universidad de Antioquia, la Pontificia Bolivariana), donde se produjo primero y se produce aún el conocimiento. Y, finalmente, el patrimonio cultural, con sus respectivos cánones en literatura, filosofía, artes plásticas y música.

Un patrimonio es lo que heredamos, la patria que hicimos y los derechos que ganamos (a los que hay que defender), en calidad de constructores y ejecutores del mantenimiento de lo básico (natural-humano-arquitectónico) de la ciudad. El patrimonio da identidad, fortalece la inteligencia y la sensibilidad, y permite que la ciudad no sea una más, sino algo que sirva de punto de referencia y de creación de ciudadanía.

Acotación: el patrimonio es una manera de educar a los ciudadanos, no sólo dándoles unos orígenes y continuidad, sino también un sentido de pertenencia. A la par de la historia escrita (a veces tan falsificada), se requiere de elementos tangibles y, si ya no están, de museos urbanos que muestren lo que había antes. No podemos seguir por ahí como los ratones y gallinas, comiendo y sin lugar

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