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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 27 de marzo de 2021

Sobre tanto sobresalto-alto

Estación Desorden, debidamente sucia y atiborrada de gente que no cree en lo que está pasando y, si cree, se pega ansiosamente de talismanes, estampitas, energía generada por animales (los gatos, en especial), información proveniente de los que niegan la situación o la amplían con informaciones pánico, muy bien graficadas en El grito, de Munch. Y en medio de todo esto, la violación permanente de normas sanitarias, las demencias criadas en el encierro (todos pegados al celular como droga), las polarizaciones aumentadas con delirios y las profecías que no faltan, pues pareciera que convivir con el miedo (y su contenido en sobresaltos) se ha vuelto ya una costumbre, una adicción con síndromes fuertes de abstinencia, una paranoia continuada y un deseo permanente de destrucción. Y así, las miradas se parecen mucho a las que narra Paul Auster en El país de las últimas cosas, la última de las grandes distopías literarias.

Los sobresaltos, provenientes de la información sobre la calidad de las vacunas, el aumento por olas de la pandemia, la pelea entre gringos y rusos por intereses políticos, las predicciones de Bill Gates (que se ha convertido en un “profeta” con espacio mediático cada semana), la locura que aumenta en Brasil (ahora sí, convertido en una tierra de carnaval de derecha e izquierda), lo que no se sabe de los chinos, etc. llevan a que los ánimos de la gente se mantengan bajos, las economías se muevan lentas (alentando a la delincuencia y el empleo ilegal) y la planificación salte como un huevo en una sartén. Y si a esto le sumamos el desorden social (la gente necesita la calle), el ruido que se toma las calles sin control, la contaminación del aire, la situación se parece a un vallenato continuado en el que el aiombero lloriquea por techos y paredes.

Y uno de los motivos de tanto sobresalto es el exceso de información (buena, mala, distorsionada, interesada) al que estamos accediendo. Hasta ahora nunca estuvimos tan informados (si esto que llega es información que valga la pena) y perdiendo tanto tiempo con datos banales que en lugar de mejorar a las personas las incitan al odio, al delirio, al pesimismo y a lo light. Informaciones que llegan a la mano y sin buscarla (el celular no para de sonar) y terminan enviciando al receptor al dato. Podríamos hablar de una dato-adicción que funciona igual que cualquier droga. Y que, en términos populares, traba mal.

Acotación: Si el exceso de trabajo genera estrés y este, enfermedades, qué no se podrá decir del sobresalto continuado en el que los creyentes (los dato-adictos) saltan como ranas, con los ojos muy abiertos, y producen toda clase de comportamientos tóxicos que no paran de anunciar fines del mundo, enemigos imaginarios, honras heridas y toda clase de desvíos. Gente sobresaltada que se alimenta de lo que no cuestiona

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