Hace cuarenta y ocho horas me mudé a México. La primera vez que me mudé de país tenía trece años. Mis padres me enviaron a un internado en Estados Unidos. Suena un poco como lo que la Varonesa Schneider quería hacer con los niños Von Trapp, pero en realidad el internado fue un lugar maravilloso. Lo que no quiere decir que el comienzo no haya sido complicado. En esa época no había email y los teléfonos eran más tontos que nosotros, así que para hablar con mis padres tenía que llamar por cobrar desde un teléfono público instalado en el dormitorio. Mi colegio era pequeño, éramos unas 160 estudiantes en un pueblo perdido de Virginia en el que no hacía demasiado frío en invierno y que tenía los otoños y las primaveras más bellas que he visto en mi...