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Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 11 de septiembre de 2019

Sol de tierra fría

En las cumbres heladas del páramo de Sonsón, alfombra de bosques húmedos y tropicales que alcanzan alturas de 3350 m.s.n.m., se siente el murmullo de las fuentes de agua que brotan tímidas hasta encontrar el cauce del Magdalena. Son las mismas cúspides que esconden el llanto del horror, de la violencia a la que han sido sometidos tantos parajes andinos en Colombia. Donde el silencio es ley, y la niebla densa de la madrugada parece vencerlo todo. Solo a veces, el “sol de tierra fría” ilumina lo suficiente...

108 kilómetros y cuatro horas de carretera separan a Medellín de Sonsón. Desde allí, el periodista Juan Camilo Gallego reconstruyó el que evocan en el Oriente antioqueño como el “Fin de semana negro”: cinco días de barbarie que comenzaron el viernes 23 de agosto de 1996, y que al día siguiente cobró las vidas de Manuel Adán Villa, Marley Orozco, John Fredy Arango, Mauro Arias y Arnoldo Escobar. El lunes asesinaron a Antonio Henao. El martes, a Luis Eduardo Arias.

Oswaldo Arias y Bernardo Marulanda sobrevivieron a la cacería.

“La de Colombia es una guerra de ejércitos en donde mueren los civiles: los llaman efectos colaterales” (*).

La Mano negra ha sido tan oscura como silenciosa. Los verdugos de Sonsón han sido los frentes 9 y 47 de las Farc, el ELN, los paramilitares de Ramón Isaza, fuerzas del Estado, las Convivir. Pero hay otras responsabilidades, con frecuencia involuntarias, de quienes actuaron bajo presión y amenaza, como comerciantes, delatores y auxiliadores de los violentos. ¿Quién le niega un tinto al que llega a su casa con un arma?

A partir de testimonios de familiares de víctimas y sobrevivientes, Gallego narra una de ocho masacres ocurridas en Sonsón que cobraron la vida de 56 personas: la primera de ellas ocurrió en 1981, en el corregimiento de La Danta, cuando ocho personas fueron asesinadas por las Farc. La segunda fue en 1988: los paramilitares mataron a seis víctimas. Siguió el “Fin de semana negro”.

Esta fue una matanza a cuentagotas. Los autores materiales, las Autodefensas campesinas de Córdoba y Urabá (forasteras en Sonsón, puesto que los paramilitares “habituales” eran los del Magdalena Medio) y la Fuerza Pública, solo descansaron el Día del Señor.

“Muchas convivir fueron manejadas por paramilitares que aprovecharon la oportunidad para expandirse y crecer desde la legalidad. Una fachada del paramilitarismo” (*).

El registro polifónico del “Fin de semana negro” evoca las formas periodísticas de Elena Poniatowska o Svetlana Aleksievič; en algunos apartes, se sume en el dramatismo, en la soledad teatral de obras como O Marinheiro. Si se trata de verificación de hechos, raya con la rigidez de un notario.

Hoy, cuando la verdad sobre el conflicto armado se ha convertido en botín de guerra, las narraciones periodísticas verificadas, con fuentes de primera mano, que recuperan y mantienen la memoria, son un tesoro.

¿Cómo llegar al germen de la violencia, a los escritorios?

“Como bien señala la historia de Colombia: si se captura a un responsable, la justicia no pasa del que disparó el arma” (*).

El periodismo de investigación puede ser el sol de tierra fría que rompe la niebla, una herramienta fundamental a disposición de la justicia.

(*) Juan Camilo Gallego, Fin de semana negro, Medellín, Sílaba Editores, 2019.

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