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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 20 de julio de 2019

Soledumbres

Grata la silenciosa liturgia de pararse frente a una estantería de la biblioteca, de cualquier biblioteca, y repasar con los ojos el lomo de los libros. De pronto, el dedo índice se introduce entre los volúmenes y un libro inesperado acaba entre las manos aleteando como un pájaro atrapado.

Me ha ocurrido con este pequeño volumen, titulado “Soledumbres” de Manuel Mejía Vallejo, publicado por la Biblioteca Pública Piloto en 1990. Imagino al maestro en las noches de Ziruma deteniendo la arquitectura de una novela para dejar que, como un cocuyo imprevisto, una copla alumbre la soledad (la soledumbre) de la creación literaria. El lector, simple merodeador de las vivencias del autor, acaba entrando en el recinto sagrado de la intimidad en el que brotan los versos, solazándose deliciosamente entre las margaritas deshojadas.

“Soledumbres” recoge coplas escritas por Mejía Vallejo. La copla es una delicada composición poética que se escucha, que se lee y se relee, que se aprende de memoria y se saborea en el alma como un trago de vino generoso que se paladea antes de tragarlo. O, dicho desde la antioqueñidad, que se bebe de golpe, como un trago de aguardiente.

Con una sencillez que bordea la fragilidad, en la copla se apretujan los sentimientos, las vivencias, las filosofías que, como mariposas al pisar la yerba, levanta el ser humano cuando pisa la vida. Son versos que aletean heridos, o gozosamente alegres, sin otra pretensión que su propia mínima belleza.

El gran valor de este libro, además del placer de la lectura intimista de sus versos, es el aporte que hace a la recuperación de la copla, una composición poética de honda raíz clásica y que sigue viviendo entre los campesinos y los poetas de los pueblos. Antioquia ha tenido excelentes copleros, como Salvo Ruiz o Ñito Restrepo, por mencionar algunos.

Las coplas de “Soledumbres” son redondillas exquisitamente elaboradas, en las que se observa la labor de una orfebrería literaria que no frena ni oculta la espontánea inspiración, esencial en esta clase de versos. Son poemas cortos, limpios. Escuetos. Sin rebusques cultos, con un enternecedor tono que deja oír la voz del pueblo, otra cualidad que adorna la copla de verdad.

Ha sido este un breve pero enjundioso reencuentro con nuestro gran escritor, al que tanto amamos, pero que parece tenemos olvidado en Antioquia. Sus poemitas vuelven por los fueros de la copla, tan maltratada hoy por las voces y los tiples de trovadores que venden su inspiración como mercancía barata en espectáculos de cualquier tipo, o como simple pretexto para emborracharse. No es lo mismo la copla que la trova. Que conste. Sea dicho hoy, ya cerca de cumplirse 21 años de la muerte de Mejía Vallejo, ocurrida el 23 de julio de 1998.

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