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Por Padre Diego A. Marulanda D.* - opinion@elcolombiano.com.co

Solidaridad como virtud pública

En tiempos de redes sociales virtuales existe el riesgo de convertir el dolor ajeno en escenario para la fotografía, el video o el mensaje político.

hace 48 minutos
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  • Solidaridad como virtud pública

Por Padre Diego A. Marulanda D.* - opinion@elcolombiano.com.co

El terremoto que sufrió recientemente Colombia puso a prueba nuestra capacidad para reconocernos como hermanos ante al dolor de quienes perdieron familiares, viviendas, negocios y proyectos de vida. La solidaridad, en este contexto, no puede entenderse sólo como una reacción emocional ante la emergencia. Es una virtud pública, una disposición ética que nos lleva a asumir responsabilidad por el otro como lo establece la Gaudium et spes.

La emergencia exige que Gobierno nacional, autoridades territoriales, empresarios, universidades, organizaciones sociales, iglesias y ciudadanos trabajen coordinadamente, al tiempo que requiere superar la polarización que nos ha ido acostumbrando a mirar al otro como enemigo. La parábola del Buen Samaritano (Lucas 10, 24-37) es diciente en este sentido, al señalar que, ante el sufrimiento del mundo, existen dos tipos de personas: los que se inclinan a socorrer y los que miran hacia otro lado. El prójimo no es quien piensa como nosotros o comparte nuestras convicciones. Es, ante todo, quien necesita de nosotros.

Fratelli tutti presenta la solidaridad como una virtud moral y social que se expresa en el servicio, el cuidado de los más frágiles y la responsabilidad por el otro. Francisco invitó a cuidar la fragilidad de cada persona y a asumir activamente la rehabilitación de las sociedades heridas para superar odios y resentimientos. La solidaridad auténtica supera los gestos ocasionales de generosidad y se convierte en un compromiso con el bien común, capaz de tender puentes, sanar heridas y construir una sociedad fraterna.

La solidaridad ha de ser genuina y no una estrategia de posicionamiento y ventaja personal. En tiempos de redes sociales virtuales existe el riesgo de convertir el dolor ajeno en escenario para la fotografía, el video o el mensaje político. Ayudar no consiste en exhibir lo que hacemos. La verdadera ayuda es silenciosa, es decir, una donación responsable, una jornada de voluntariado, una familia que acoge a otra, un profesional que pone su conocimiento al servicio de los damnificados o una institución que abre sus puertas.

Es preciso denunciar que la tragedia no puede convertirse en oportunidad para la corrupción. Los recursos destinados a reconstruir viviendas, hospitales, escuelas, vías y comunidades deben llegar a las personas que realmente los necesitan. Aprovechar este evento de la naturaleza para robar, inflar contratos, desviar ayudas, favorecer intereses particulares o utilizar políticamente los recursos públicos sería una doble tragedia, porque sería valerse del dolor de las víctimas y traicionar la confianza ciudadana.

Colombia necesita transformar este momento de dolor en encuentro abierto y sincero. Practicar la solidaridad hoy en Colombia es una gran oportunidad para reconstruirnos desde dentro como una sola nación donde el amor de unos por otros, sea el pan nuestro de cada día.

*Rector General UPB

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Por Padre Diego A. Marulanda D.* - opinion@elcolombiano.com.co

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