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Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 14 de agosto de 2019

Sonreír con Ripley

Muy interesante que la Corte Constitucional se ocupe de los derechos de los osos. Que no solo conceda el habeas corpus a Chucho, sino que proteja a los animales contra los humanos depredadores. Y que según sus pretensiones, avance más para reconocer a los animales como personas. Que hagan el milagro que la naturaleza no pudo.

Este plantígrado carnicero, sin poder expresarse, otorgó poderes al abogado demandante a través de sus huellas digitales. Es parte no solo del realismo mágico macondiano sino de una obra del teatro del absurdo. Con ese artificioso tratamiento, les dan atención y prioridad a los animales irracionales, así la justicia en Colombia sea lenta y politizada para aplicarla a los seres humanos.

Si las cortes operaran por lo menos con el mismo celo con los seres humanos como lo hacen para defender los derechos de los animales, se podría decir que son efectivas y justas. Pero no es así. Dejan por largos tiempos confinados en los cajones de sus escritorios, decisiones en donde están en juego los derechos de las víctimas del terror, de los autores de crímenes contra la dignidad humana. Congelan, con no poco sesgo politiquero del revanchismo, la vigencia de una justicia pronta y decidida. Es la imagen del régimen del desorden, propia de los Estados ineficientes y morosos.

Algunas determinaciones de la Corte Constitucional son para Ripley. Como la de tumbar la disposición que prohibía el consumo de licor y droga en el espacio público. Jíbaros, drogadictos y beodos se mueven ahora sin mayores sobresaltos por parques y lugares de descanso, aterrando a los infantes que a esos lugares de entretenimiento acuden para disfrutar de juegos y de la naturaleza. En su “sabiduría”, la Corte fulminó de un plumazo los derechos de los niños, que según la Constitución, “prevalecen sobre los derechos de los demás”.

La negligencia de las cortes es deplorable. No solo en las demoras de las sentencias para dejarlas en firme –que anticipan a pedazos por los micrófonos para ganarse las simpatías entre los directores de las emisoras– sino en la elección interna de sus propios integrantes. En la Corte Suprema –que le hace dúo a la Constitucional en sus hazañas carnavalescas– pasan los días, hacen votaciones y no logran completar la plantilla requerida para elegir funcionarios y darles solvencia jurídica y moral a sus decisiones. Las trastiendas, las negociaciones burocráticas, enredan los tiempos para decidir los cupos disponibles para que la institucionalidad opere en su integridad. Seguramente la rebatiña por esos cupos con las rivalidades de las tres salas –la penal, la civil y laboral– por tener sus ahijados o compadres, han dado lugar a este triste espectáculo de morosidad, ya no solo en sus fallos y sentencias publicitadas antes de firmarlas los togados, sino en la nominación de sus colegas.

En medio de tantas tragedias nacionales, la Corte Constitucional pone un poco de humor al debate del drama colombiano. Despierta con esas recepciones de demandas jurídico/osunas, cierta sonrisa en los ciudadanos que ven en la presencia del caso del oso Chucho, una comedia del rigor del derecho con la distracción lúdica de los togados.

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