Por Mimi Swartzredaccion@elcolombiano.com.co
Cuando yo era pequeña en los años 60 en San Antonio, agentes del Servicio de Inmigración y Naturalización aparecieron en mi casa. “La Migra”, como llamábamos al INS en español, era un término cargado de ansiedad, aunque yo no entendía bien por qué. Solo sabía que yo no tenía permitido abrir la puerta a nadie con uniforme, y que había ciertas paradas de bus que nuestra empleada doméstica, Juana, evitaba.
Pero incluso con todas las precauciones, un hombre portando una camisa kaki y gafas oscuras eventualmente tocó la puerta, preguntó por Juana con nombre propio y se la llevó. Esto sucedió un par de veces, pero en cuestión de semanas, ella estaba trabajando de nuevo.
Este juego de gato y ratón era común...