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The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 19 de marzo de 2019

Todos podríamos ser migrantes

Mi primer encuentro en América fue con un carrito de equipaje. En el verano de 1992, cuando aterricé en el aeropuerto Kennedy, llevaba conmigo una bolsa de viaje llena de libros. Era tan pesada que no se podía aforar en mi aeropuerto de origen en Casablanca, Marruecos, sin pasarme del límite de peso. Como no podía pagar la tarifa de exceso de equipaje, la llevé conmigo en el avión, donde la asistente de vuelo me ayudó a subirla al compartimiento superior. En Nueva York, la arrastré por el puente y a través del control de aduanas, con las manos ampolladas por el esfuerzo. El alivio se apoderó de mí cuando vi una fila de carritos. Traté de coger uno, solo para descubrir que se necesitaban tres dólares. Recuerdo que pensé: ¿Qué clase de lugar descorazonado es este?

No tenía tres dólares, ni cinco ni diez. El dinero que tenía era en denominaciones más grandes que había recibido en la oficina de cambio de moneda donde había intercambiado mis miserables ahorros. Empecé a dudar si lograría llegar al terminal de donde mi vuelo a California estaba programado para despegar. Luego una voz detrás de mí preguntó: “¿Necesita ayuda con eso?” Un hombre de mediana edad con una cachucha recogió mi bolsa y me la cargó hasta al autobús del terminal. Durante todo el camino hasta mi próxima sala, otras personas intervinieron para ayudar. Este no era un lugar descorazonado después de todo, pensé; los estadounidenses estaban más que dispuestos a echarle una mano a un extraño.

Ya no soy una extraña aquí. En los más o menos 20 años desde que llegué al Kennedy, he tenido tiempo suficiente para aprender sobre la historia de este país, su cultura y política. Aunque mi plan era completar un posgrado en linguística y regresar a Marruecos, el cambio intervino: conocí a un americano, nos enamoramos, nos casamos. Ahora, soy una inmigrante. No hay nada extraordinario sobre esta condición y sin embargo rara vez hay un día cuando no me es recordado que ser inmigrante es haber cruzado un umbral, ver el mundo desde dos puntos de vista a la vez, percibirlo en tonos de gris en lugar de en blanco y negro.

Cuando escucho a los funcionarios electos hablar sobre inmigrantes, parecen estar hablando de productos de su imaginación, conjurados para ilustrar temas de conversación. El presidente habla sobre “criminales”, “violadores” y “terroristas”, luego los usa como justificación para construir un muro, separar a las familias en la frontera, encarcelar a niños refugiados en campamentos y prohibir la entrada a personas de cinco países musulmanes. Mientras tanto, los críticos del presidente retratan a los recién llegados a este país como personas singularmente talentosas que inician nuevos negocios, prestan servicio en las fuerzas armadas, innovan nuevas tecnologías, se postulan para el Congreso o “cumplen con la tarea”.

Al pintar a los inmigrantes como héroes o villanos, estos políticos revelan que ven a la inmigración como un asunto de aplicación de la ley. La realidad es mucho más complicada. Como otras especies en este planeta, los seres humanos son de tipo migratorio. Cuando de repente se encuentran en necesidad desesperada de seguridad física u oportunidad económica, se van de casa y comienzan de nuevo en algún lugar nuevo. Siempre ha sido de esta manera.

A medida que los refugiados y los migrantes reconstruyen sus vidas en nuevos lugares, se revelan la intolerancia y la resistencia de sus comunidades de acogida.

Para tener una conversación fructífera sobre la inmigración, tenemos que dejar de lado las ideas anticuadas sobre los bárbaros en la puerta y pensar a fondo en nuestro enfoque hacia los inevitables desplazamientos que tendrán lugar en nuestras vidas. La inmensa mayoría de los inmigrantes no son monstruos peligrosos ni triunfadores excepcionales; son personas comunes y corrientes que, por diversas razones personales o políticas, se ven obligados a abandonar su hogar.

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