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Beatriz de Majo
Columnista

Beatriz de Majo

Publicado el 08 de septiembre de 2021

“Tonggi”

China cuenta con la población de gays, lesbianas, bisexuales y transgéneros más grande del mundo. Igualmente, la discriminación de estos ciudadanos es la más protuberante del planeta y se manifiesta en la familia, los medios, los servicios médicos, las comunidades religiosas, la política y el trabajo. La orientación sexual de los individuos es un tema tabú y la homosexualidad es un estigma que puede pagarse caro si la misma se hace notoria. Son numerosos los libros de texto médicos en los que aún la homosexualidad es considerada una patología, lo que convive con la paradójica situación de que desde hace dos décadas el gobierno eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales.

La penalización de un conglomerado de tan inmensa talla —más de sesenta millones de ciudadanos— ha originado muchas distorsiones, pero una es particularmente notoria: un nuevo estrato social ha estado formándose en China a consecuencia de la exclusión del colectivo gay.

Catorce millones de mujeres conforman el segmento de las “tonggi”. Se trata de un vasto grupo de féminas, integrado de ciudadanas que la mayor parte de las veces han sido víctimas de un fraude, ya que se han unido en matrimonio con individuos del colectivo gay que no confiesan su orientación sexual, pero que se sienten compelidos a cumplir con sus obligaciones filiales trayendo al mundo nietos a sus padres, de acuerdo con una de las más arraigadas costumbres familiares. Este grupo de mujeres es tan numeroso como el 3,5 % de todas las componentes del sexo femenino que están casadas.

El tema es motivo de preocupación para las autoridades porque dentro de las tonggi es usual encontrar distorsiones como la presión física y mental. La tasa de violencia sexual es mas alta dentro de este segmento, así como la violencia verbal y sexual, apartando el hecho de que están más expuestas que el resto de las mujeres a la transmisión de enfermedades sexuales, VHS incluido.

La solución de los problemas sociales que se derivan de esta situación que difícilmente tiende a producirse en Occidente —donde cada día más ciudadanos se sienten cómodos en sociedad saliendo del clóset— es de inmensa complejidad. Cuando una mujer tonggi se percata de la situación particular de su pareja en cuanto a su orientación sexual y elige la vía del divorcio a través de los instrumentos legales o paralegales, con frecuencia pierde la custodia de los hijos nacidos del matrimonio fraudulento. Cuanto más bajo es el nivel socioeconómico en el que se dan estos fenómenos familiares y cuanto más alejadas se encuentran las tonggi de los medios urbanos, la forma de resolución de estos conflictos de parejas es más dolorosa para las víctimas, toda vez que el ordenamiento legal chino tiene una marcada inclinación a favorecer los derechos del lado masculino de la ecuación. Cuando la mujer se percata de la prerrogativa masculina y de su propia desprotección, tiende a resignarse a continuar viviendo dentro de la impostura, muchas veces hasta obviando enfermedades, como el sida. La poca capacitación de la mujer para el trabajo en estos segmentos sociales no hace sino complicar más las cosas a la hora de buscar una salida al problema de la pareja.

Por fortuna, las redes sociales y unas cuantas ONG se están dando la mano para favorecer la socialización e inserción no traumáticas de este colectivo dentro de la sociedad. De resto, la vida de un gigantesco conglomeradlo de mujeres estará condenada a vivir dentro de una calle sin salida. Las tonggi son hoy tan numerosas como la población de Bélgica y Siria y bastante más grande que los habitantes de toda Bolivia

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