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Francisco de Roux
Columnista

Francisco de Roux

Publicado el 07 de agosto de 2017

TRANSFIGURADOS

El relato de la transfiguración de Jesús refiere a un momento en el que los discípulos más cercanos se dan cuenta de que están compartiendo los días con una persona extraordinaria. Estamos ante una experiencia que anticipa la comprensión total que tuvieron los compañeros de Jesús en la resurrección y, por supuesto, ante un texto que solo pudo escribirse después de que la comunidad de los discípulos vivió la experiencia de la Pascua.

El texto se sitúa en la trayectoria de Moisés y Elías para dar testimonio de la novedad de Jesús en quien se realiza plenamente el plan de Dios con el ser humano, y quien deja clara con su propia vida la más importante de las verdades: que cada uno de nosotros, mujeres y hombres, somos amados por Dios, gratuitamente, desde siempre y para siempre.

Por eso el valor absoluto de cada una, de cada uno, a pesar de nuestra innegable limitación emocional y física y a las pocas décadas que se nos dan antes de la muerte. Porque en Jesús se supera para nosotros la última frontera, y se establece que cada persona es importante para siempre. Aunque no podamos imaginar la forma como se perpetúa en existencia esta grandeza personal que nos es dada.

Esta importancia de la persona de cada quien, revelada radicalmente en Jesús, da origen a una ética de respeto y cuidado por los demás y la naturaleza, y fundamenta la reconciliación. Porque, en este valor que somos, dependemos los unos de los otros. Y somos responsables de la vida que nos origina, nos entorna y nos une en sociedad y en el sucederse de las generaciones, mientras trasegamos, entre preguntas, alegrías y dolores, aciertos y equivocaciones.

De esta radicalidad cristiana por el valor personal surge la exigencia de garantizar a todos por igual las condiciones de la dignidad que no conoce término, pues toda mujer y todo hombre han sido tomados seriamente y amados desde siempre y para siempre. De allí que el cristianismo ponga primero el amor, que no puede existir sin la justicia. Por eso son tan absurdas la guerra y la fabricación de armas para matar personas y la proliferación del irrespeto y del odio entre nosotros. Por eso es torpe el que no reconozcamos errores y pidamos perdón. Pues este ser que somos, falible, construye en la fragilidad, pero nunca deja de ser llamado a un reconocimiento perenne y a una comunidad definitiva con los demás. Por eso es comprensible pero torpe que no nos perdonemos.

Por eso el cristianismo ve en la fraternidad humana personal y social, profunda y vulnerable, construida por encima del temor y de las desconfianzas, la manifestación del valor que seremos definitivamente. Y pone la fuerza en la misericordia, pues el ideal del ser humano que se nos da en Jesús nos revela que hay un Misterio de Amor que acoge a cada uno de nosotros en su propia condición, y nos transforma, y nos espera unidos para siempre.

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