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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 21 de septiembre de 2019

Un duende de cristal

Mucha gente me pregunta cuándo nació el padre Nicanor, cómo se metió en mis columnas. Yo ya ni me acordaba, pero hurgando en recortes amarillentos de periódicos encontré una columna que escribí en El Mundo en 1985.

Estaba, pues, 34 años más joven (o estoy ahora 34 años más viejo, que no es lo mismo) y el padre Nicanor, ya hacía gala de su inmarcesible ancianidad. No resisto la tentación de reproducir apartes de ese viejo texto, aunque sé que mi prima Mariengracia me va a encender la loma porque es una pista para adivinarle a ella la edad. Ahí va.

“Mientras escribo, un diminuto duende transparente se interpone entre mis ojos y la máquina de escribir. Como todos los duendes, este es esquivo, molesto, persistente, creando una barrera indefinible donde se borran las letras, se desdoblan las imágenes, se interponen los planos y las líneas. Esta pequeña medialuna de vidrio en el borde inferior de las antiparras apunta, entre burlona y seria, hacia una realidad que uno se resiste a aceptar.

El desespero vidrioso que son los lentes bifocales, que ahora estreno pero no logro domeñar, es el límite borroso entre la juventud que existe, pero ya no es, y una senectud que empieza, pero todavía no existe (...).

Por eso, porque los lentes bifocales se recetan para corregir la presbicia (que tiene la misma raíz griega de presbítero, que significa viejo) me fui a conversar con una extraño personaje que conozco, el padre Nicanor Ochoa, un pobre cura retirado que vive con una pobre sobrina solterona (¿qué cura pobre y retirado no vive con una sobrina pobre y solterona?) y cuál no sería mi sorpresa cuando me dijo que la vejez es dura porque es la más “lejana cercanía” de la eternidad. Que la edad que más se parece a la eternidad es la juventud, porque es intemporal y llena de amor, de alegría, de plétora vital. Que el miedo a la muerte no es sino el remordimiento por haber perdido la juventud. Y que no joda, si le molestan esas gafas, bótelas y mire la naturaleza con los ojos limpios. Que el cielo es mirar las cosas con los ojos limpios.

-Entonces, padre, voy a leer el “De Senectute” de Cicerón.

-No lea eso, que el “De Senectute” de Cicerón no lo lee uno sino cuando está joven. Mejor quítese esas gafas, que son para ver de cerquita, y póngase a mirar desde lejos los montes y los horizontes. Verá cómo vuelve a sentir el apasionado aroma de la vida. Uno se vuelve viejo, pero la vida nunca envejece”.

Así nació el padre Nicanor. Y ahí sigue, vivito (o mejor viejto) y coleando

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