A veces el padre Nicanor, mi tío, se pone a filosofar de la vida en voz baja, casi como en un susurro. Mariengracia está ya acostumbrada y se queda dormida en la sillita que tiene en la cocina, mientras el cura ronronea sus meditaciones. Ayer me tocó a mí, que había ido dizque a hablar con él de las cosas que están pasando. Quería comentar noticias frescas y terminé escuchando sus palabras, añejas y medio rancias, casi como oyendo una plática.
-Vea, mijo, mejor que dejarnos atrapar por la avalancha noticiosa de la actualidad, hablemos de la vida, de esta vida que, queramos o no, acaba siendo un inventario de sueños, un mariposario de nostalgias fugaces.
-Me gusta, tío, eso de mariposario de nostalgias. Uno se pone a mirar la fauna humana que se desliza por las aceras, a contemplar sus andares y sus prisas, sus rostros tensos, y descubre que todos van (todos vamos) detrás un sueño.
-Y terminamos, ya doblegados por los años, cargando un fardo lleno de sueños inalcanzados. Que eso, a poco andar, hijo, es la existencia. Ir metiendo sueños rotos en el costal de las desilusiones, como el mendigo que llena su talego con trapos viejos y andrajos arrugados.
-Y, como usted me lo ha dicho tantas veces, o se deja uno aplastar por el peso, por la pesadumbre de los sueños rotos, o tiene el valor de abrir el saco de los desencantos (la frase es suya, que conste) y ventilar nostalgias y frustraciones.
-Uno llega, muchacho, quiéralo o no, fatigado y solitario, a un recodo del camino y descubre que la madurez, la sabiduría, de pronto hasta la misma felicidad, es hacer un inventario de sueños imposibles y aceptar alegremente, gozosamente, que lo que resta del viaje va a estar libre de ese equipaje de ensueños inútiles.
-Una forma de libertad, tío, ¿cierto?
-Bien lo dices, muchacho. Llegar a la madurez, aparejada a la vejez, implica un proceso de liberación, de desnudamiento. Pero no hay amargura por el desprendimiento ni se trata de un desprecio estoico de la realidad. Es aceptar la fragilidad y la fugacidad de la condición humana.
-Me gusta, tío, su cháchara de filósofo callejero.
-Y porque somos filósofos callejeros decimos en voz alta lo que solemos musitar en voz baja para que nadie nos oiga. Hemos perdido más de la mitad de la vida, a veces casi toda la vida, agarrando aire. Y al comprobarlo nos ponemos furiosos con todos, menos con nosotros mismos, los victimarios de esas ensoñaciones.
-Amén, padre, para rematar en cristiano.
-Amén, hijo. Abre el mariposario y deja que los recuerdos vuelen, se vayan, y no se queden ahí, revoloteando.