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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 01 de octubre de 2015

Un noticiero al medio día

La semana pasada me di a la tarea de ver las emisiones del medio día de los dos noticieros colombianos en las cadenas nacionales ¿la misión? Encontrar una nota de optimismo, hallar un asomo de sensatez –o una pizca de análisis-, o al menos, un recuento justo de la realidad nacional. El resultado fue una decepción. Los noticieros nacionales del medio día –y con esto no eximo a los regionales o los otros horarios, por supuesto, pero no me consta- funcionan como festines de miedo y desconfianza; un refugio de la paranoia y el terror. Sus principales fuentes se han convertido en la Policía, Medicina Legal y las cámaras de seguridad de calles y comercios; sus protagonistas son bandidos, ladrones, asesinos y demás; su mensaje: la desconfianza interpersonal.

El ejercicio me hizo recordar una historia sobre mi bisabuela, que mi mamá y mis tías disfrutan mucho y la vuelven a contar casi en todas las reuniones familiares. Se las quisiera compartir.

Mi bisabuela se llamaba Lucía Mejía; había enviudado muy joven y luego de perder a mi bisabuelo se había dedicado a criar a su único hijo y a su trabajo como voluntaria en el Urabá antioqueño y en Chocó. En una temporada de visita a mi abuelo y su familia en Cali sucedió el episodio del que tanto disfruta mi familia.

Mi bisabuela tenía un problema de reflujo y un sueño muy ligero, por eso dormía cerca a la puerta de un cuarto que daba al corredor de la casa y lo hacía prácticamente sentada sobre cojines en la cama. Una noche, un sujeto ingresó por una ventana que daba a un patio interno luego de saltar desde el techo; la ventana daba al corredor y al entrar el personaje mi bisabuela se despertó y lo vio. Con su voz pausada exclamó, llamando a mi abuelo, “José, hay extraños en la casa”. El intruso se asustó y corrió hacia la puerta para escapar, mientras que mis abuelos se despertaban asustados y llegaban al corredor. Mi abuela, algo exasperada con la calma de su suegra, le espetó, “¡Lucía, esos no son extraños, son ladrones!”. Mi bisabuela, que siempre mantenía esa voz pausada, replicó: “No me consta...”.

Ese noble beneficio de la duda parece estar extinguiéndose, o al menos, para no ser muy pesimista, los medios de comunicación nacionales le han declarado una guerra total, asumiendo la desconfianza en los demás como el nuevo ideal de los colombianos; la regla por la cual vivir sus vidas. Por supuesto, no estoy pidiendo que duden de las intenciones de un extraño que entra a su casa en la noche, solo de las intenciones de las personas que se encuentran en la calle todos los días, de sus compañeros de trabajo, amigos e incluso familia. Pero sobre todo, de los extraños; porque no conocer a alguien no lo hace peligroso.

Porque si nos quedamos con la versión que nos venden los noticieros y otros medios que venden pauta con miedo, será la perspectiva de construir una sociedad más justa, digna y sensata la que continúe perdiendo.

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