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Jorge Ramos
Columnista

Jorge Ramos

Publicado el 25 de noviembre de 2021

UN PLAN QUE NO VA A FUNCIONAR

Empecemos con lo bueno. La primera reunión de los líderes norteamericanos en cinco años fue, en sí misma, un éxito. Indica que lo peor de la pandemia quedó atrás, que los tres países se llevan bien y que hay muchas cosas que pueden hacer juntos, desde el medio ambiente y el funcionamiento del nuevo tratado comercial hasta compartir vacunas y la lucha contra los carteles de las drogas. Pero el tema central de la relación entre Estados Unidos y México —la migración de indocumentados— no tiene solución a corto plazo.

Esta es la verdad: hay más inmigrantes que nunca que cruza ilegalmente hacia Estados Unidos y habrá muchos más.

Las cifras oficiales del 2021 son exorbitantes. Abrumadoras. En este año fiscal fueron detenidas 1.662.167 personas que entraban sin documentos a Estados Unidos, según la Patrulla Fronteriza. Esta cifra es superior a cualquier otro año del que se tenga registro. Son muchísimos más migrantes, por ejemplo, que los 405 mil que entraron en el 2020.

El principio básico de la migración es que siempre hay algo que te expulsa de tu país y algo que te atrae de otro. Es lo que en inglés le llaman push and pull factors. Y actualmente el pull factor, lo que atrae de Estados Unidos a los inmigrantes, es muy fuerte.

Para comenzar, el antiinmigrante Donald Trump ya no es presidente. Y eso ha enviado el mensaje al sur de la frontera de que la era de la crueldad contra los extranjeros ha terminado.

El nuevo presidente Joe Biden no es Trump. Los inmigrantes lo saben. Y el río que separa a México y Estados Unidos no es tan grande ni tan bravo.

A pesar de que sus funcionarios insisten en que la frontera de Estados Unidos está cerrada para los indocumentados, la realidad es que más de un millón logró cruzar ilegalmente en este 2021. Y aunque es cierto que miles han sido deportados o regresados a México, niños solos y familias con menores de edad suelen tener la oportunidad de quedarse en Estados Unidos.

Trump ya no está y la pandemia está controlándose. Esto último ha generado en Estados Unidos un vigoroso crecimiento económico, con millones de trabajos disponibles, particularmente en el sector de servicios, agricultura y construcción. Y esas son áreas que ocupan a muchos recién llegados. Centroamericanos y mexicanos que ganaban cinco dólares al día o menos pueden conseguir lo mismo en EE. UU. en media hora.

Y las vacunas contra el covid, tan escasas en países pobres, se regalan literalmente en las farmacias de cualquier esquina. Solo eso —vacunar a tus hijos y evitar el riesgo de morir de coronavirus— es un aliciente suficientemente poderoso para venir, que se suma a escuelas públicas, trabajos y seguridad.

La pandemia ha retrasado varios años el progreso en América Latina. El nuevo programa Sembrando Vidas, de EE. UU. y México, tiene como propósito atacar las causas y el origen de la migración, generando oportunidades y empleos locales. El problema es que se trata de un proyecto a largo plazo y cuya efectividad es cuestionable.

No es solo una cuestión de dinero, sino también de falta de aliados en la región. Estados Unidos, por el momento, solo cuenta con México y Guatemala. Así, por más dinero que quiera invertir en la región, no es fácil encontrar a quién dárselo de manera segura y efectiva.

Mientras todo esto ocurre en la alta política, el push factor sigue expulsando a miles de centroamericanos de sus países debido a la pobreza, las pandillas, el crimen y el cambio climático. ¿Cómo condenar a una familia que viaja a pie hacia Estados Unidos y que quiere vacunarse, darle universidad a sus hijos y evitar que acaben en manos de las pandillas? ¿Cómo decirles: no vengan?

Por todo lo anterior, el plan de los amigos —Biden y AMLO— no va a servir para bajar significativamente la cantidad de inmigrantes que están cruzando territorio mexicano para llegar a Estados Unidos.

Aquí en Washington oí discursos muy bonitos y planes grandiosos. Al tiempo que dos caravanas llenas de niños, y miles de inmigrantes por su cuenta, se alistan para cruzar el río o el desierto. Su argumento está cargado de lógica: si más de un millón lo hizo este año, ¿por qué yo no? 

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