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Juan José Hoyos
Columnista

Juan José Hoyos

Publicado el 26 de septiembre de 2021

UNA NOCHE CON EL REY DEL MAMBO

Todo estaba cerrado. Los restaurantes, los bares, las discotecas, los pequeños almacenes. Y apenas estaba anocheciendo. Creo que era octubre y la pandemia de covid–19 estaba en todo su furor. En medio de esa soledad que causaba miedo, encontré a mi amigo Mauricio. No lo veía hacía meses. Estaba parado detrás de una vitrina en un pequeño local de la avenida Setenta.

Me contó que hacía poco había regresado de Panamá, donde se quebró tratando de montar un negocio de comidas rápidas. También me dijo que se acababa de separar. Que estaba buscando casa y que iba a abrir allí un nuevo negocio de comidas rápidas, contrariando los consejos de todos sus amigos y poniéndole el pecho a las incertidumbres de la vida. Me pareció que estaba frente a un héroe: el obstinado capitán de un barco que se hundía y que se negaba a abandonarlo.

De pronto, al otro lado de la calle, alguien gritó: “¡Ese es Tito Puente!”. Cuando volteé a mirar dónde estaba el Rey del Mambo —o su fantasma, porque Tito Puente murió en el año 2000—, vi que alguien me estaba señalando. Era un muchacho que iba con un amigo mayor. Los dos se detuvieron a buscar algo en la pantalla de su teléfono celular. El mayor volvió a gritar, con acento de turista extranjero: “¡Yo quiero una foto con él!”.

Solo entonces recordé que no me había motilado desde hacía varios meses y que otra vez me estaban confundiendo con el Rey del Mambo por causa de mi melena blanca.

Preferí no contrariarlos y acepté la foto. Uno de ellos se llamaba Daniel y era un joven ingeniero de software. El otro se llamaba Jack y era un veterano del Ejército de Estados Unidos que se enamoró de Colombia.

Conversamos un rato. Ellos estaban cada vez más entusiasmados. Yo también estaba contento en mi papel de fantasma. Me demoré un rato para convencerlos de que Tito Puente ya estaba muerto y de que en realidad yo era un periodista amigo de Mauricio. La realidad se sobrepuso y el resto de la noche nos reímos juntos de la historia a mandíbula batiente. Como ocurre en la película “Casablanca”, fue el comienzo de una gran amistad.

Una hora después, un violinista que ensayaba con un conjunto de mariachis, empezó a tocar uno de los Caprichos de Paganini. Yo perdí el habla. Mauricio me dijo que se llamaba Wilson y era un gran músico que se ganaba la vida tocando con mariachis.

Cuando los músicos se fueron a dar una serenata, en la discoteca de al lado, donde sonaba un concierto en vivo de la Fania All Stars, empezó a sonar un concierto para piano de Wolfang Amadeus Mozart. Desconcertado, le pedí a Mauricio que me acompañara al lugar. El dueño era un marinero georgiano que solo hablaba ruso e inglés. Me contó que había comprado la discoteca hacía pocos días. Estaban cambiando el aviso de la fachada. Ahora el lugar se llamaba “Alkatraz”. “Me gusta la salsa, pero prefiero a Mozart”, me dijo el marinero, en un inglés perfecto.

Confieso que esa fue una de las noches más raras de mi vida. Fui durante unas horas el fantasma de Tito Puente. Escuché música clásica en la avenida de la salsa. Y fui testigo de la gesta de Mauricio, uno de los muchos pequeños empresarios que están salvando zonas entrañables de nuestra ciudad que se estaban convirtiendo en muladares con las quiebras y los demás estragos causados por la pandemia.

Esta semana volví a visitarlo. Mauricio alcanzó su sueño. Ahora su negocio de comidas rápidas se ha convertido en un pequeño restaurante. Uno de los más visitados de la colorida, cálida y hermosa avenida Setenta

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