Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 04 de diciembre de 2018

Uno tras otro

Qué hijuemadre cosa tan aburridora: uno tras otro aparecen entuertos y patas a los escándalos, mostrando lo peor de la sociedad en que vivimos. Y ahí vamos acostumbrándonos, porque se nos vuelven paisaje.

Qué mejor ejemplo que el caso Odebrecht y todo lo que envuelve, incluyendo tragedias de corte griego como la de Jorge Enrique Pizano y su hijo. Este temita devela las truculencias del poder corruptor, lleno de tentáculos que abrazan y aprietan y que se tiran la supuesta probidad de los adalides y prohombres que le ponen el pecho al progreso y al desarrollo de esta nación.

Mal, muy mal. Más allá de los escándalos, la corrupción deja de manifiesto la cantidad de tiempo que le hemos dado a los que coaptan lo público en favor de sus intereses. Tiempo en el que muchos se acostumbraron a vivir a punta de torcidos, aplicando la nueva forma que los rige para negocios: la del tumbis.

A la par aparece ese video que muestra a Gustavo Petro recibiendo una buena dosis de millones de pesos de una persona que resultó ser contratista durante su administración en Bogotá. Los hechos develan una sordidez única, que se manifiesta en acciones tan ruines como contar fajos de billetes en la clandestinidad y hablar como truhanes, denotando que algo raro ahí estaba pasando.

Las explicaciones del personaje terminan siendo cantinflescas y cándidas: que fue préstamo; no, que fue un regalo; que la plata es en efectivo porque el amigo aborrece el sistema bancario, que es una conspiración para desprestigiar su nombre. Para ajustar, el que supuestamente le prestó la plata, el arquitecto Simón Vélez, sale a decir que nunca ha tenido contacto con el político. Pero nadie da la cara. Título de la obra: Petro, Mentiras y Video.

Hombre, y para ajustar el uno tras otro de estos días, el alcalde de Bucaramanga, ungido de cascarrabias cual viejito gagá, le mandó un totazo a la cara de un concejal. Que lo ofendieron, que no aguantó más y que se vio obligado a hacerlo. Sea lo que sea, la actitud fue grotesca.

El país no se puede dar el lujo de vivir así. Eso es lo que alimenta el circo de nuestros días. El uno le da al otro, aquel le recibe a este, mosca con ese para que no nos aviente. El circo se está volviendo más poderoso que el sentimiento de hastío. Hace rato tratamos de decir no más, pero se vienen uno tras otro los Odebrecht, los petrovideos y hasta los puños de servidores públicos ¿Qué vamos a hacer? Como dice un amigo: por favor, reflexionemos.

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