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Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 26 de abril de 2021

VACUNARSE, ACTO MODERNO DE FE

Así como me resisto a creer que la tierra sea plana, y así como no puedo menos que tenerles confianza a los buenos científicos y médicos y a todos los administradores de servicios y derechos humanos y sociales con los que tengo que ver para vivir como ciudadano normal, así mismo pienso que hacerse vacunar contra el virus innombrable es un acto de fe de los que nos impone la llamada modernidad y una expresión de respeto por la ciencia y los avances positivos del talento humano.

Nunca me consultaron en la infancia cuando había que vacunarse contra toda clase de amenazas de enfermedad como requisito para la matrícula en la sección de niños de María Auxiliadora o en la Preparatoria de la Bolivariana. La vacuna causaba una sensación de alivio comparable a la absolución que recibía como penitente para comulgar cada primer viernes. Placidez parecida a aquella de salir como andando sobre nubes gracias a la confesión, ha sido para mí de algún modo equiparable a la tranquilidad que me ha deparado el cumplimiento de todos los deberes cívicos. Hasta el pago de los múltiples impuestos actuales y por venir, merced a la tremenda paliza que nos preparan en el laboratorio legal del Congreso, me deja a un paso de la felicidad. Todo, por haber practicado ese acto de fe cívico, ciudadano, de quien aprendió a darle a Dios lo que es de Dios y al César o al emperador de turno lo que habrá que reconocérsele como suyo, así sea a regañadientes y hasta con rabia justa.

Dejarse vacunar contra el innombrable (la chandemia, según el profesor Juan Manuel Serna en Una voz en el camino, a las dos de la mañana), como lo hice antier en el Hospital del Sur de Armenia, es un acto de fe profano. Y no lo realizo porque esté admitiendo la incómoda clasificación como abuelito de Duque, ni porque acepte la bárbara definición de la inmunidad del rebaño, pues lejísimos estoy de considerarme oveja sumisa o cordero manso, sino porque a los simples viandantes, transeúntes y mortales no nos queda más remedio que confiar en algo en estos tiempos de abrumadora escasez de fe, pero de notorios adelantos científicos que desafían las creencias de los terraplanistas, las conjeturas de los partidarios de teorías conspirativas o los que alertan sobre la inoculación subrepticia de un chip que nos sometería a no se qué poder algorítmico supranacional, como si fueran pocos todos los poderes que nos gobiernan desde cuando asumimos nuestra condición de seres sociales, destinados a cumplir leyes y defender vida, integridad y demás prerrogativas, incluída la libertad, con los límites filosóficos, éticos y jurídicos apenas obvios en cualquier sociedad que merezca sostenerse

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