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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 16 de octubre de 2021

Valor

Dedicarse al arte exige valor. Durante años he acompañado creadores y procesos, he procurado entender sus obras no solo como simple mercancía, he buscado respetarlos y dignificar su producción y sobre todo valorar su oficio y el sacrificio que implica dedicarse a interpretar y recrear el mundo bajo la atenta mirada del que disecciona y reinterpreta la realidad.

No conozco a Carmen Reviriego, supe quién es porque un amigo artista me envió una columna que escribió para Forbes México. Carmen asesora a coleccionistas de arte. Ese texto es en parte fruto de sus conversaciones con Patricia Phelps de Cisneros, una de las grandes mecenas del arte latinoamericano. Aquí algunos fragmentos que dedico a todos los que crean:

“Todo arte que trasciende, que está llamado a perdurar en el tiempo, que es y ha sido capaz de emocionar al hombre antiguo, al medieval, al renacentista, al moderno o al contemporáneo, es un arte que viene de la necesidad sincera y apasionada del creador de contar al mundo ‘su’ mundo; desde una vivencia subjetiva y, por tanto, única. La creación artística le va a exigir, por tanto, una verdadera entrega de sí mismo, en el sentido más literal y trágico de la palabra. Para llegar a conseguirlo va a necesitar de muchos atributos, pero, sobre todo, de una enorme fe y lealtad hacia sí mismo, de su forma de estar en el mundo y, por lo tanto, de ‘verlo’ y del valor para enfrentarlo y, a veces, confrontarlo.

Insisto: ningún arte que no sea sincero, que no provenga de otro lugar que no sea la experiencia personal y la memoria vital del artista, conseguirá trascender. Si el artista no es fiel a sí mismo, a su ‘verdad’... si le falta valor, no será capaz de crear un espejo en que el espectador pueda verse a sí mismo, a ‘su’ mundo, y hacer que surjan en él emociones y pensamientos que no solamente le muevan, sino que le conmuevan, es decir, que le hagan sentir su propia vida con una intensidad nueva o renovada. El arte es tanto más importante cuanto más capaz es de producir esta catarsis, esta conmoción del alma.

El ejercicio de la creación viene —y solo puede venir— de un acto de generosidad del artista hacia los otros, con quienes desea y necesita compartir su experiencia vital y transcendental en el mundo. Creo sinceramente que los que amamos el arte amamos apasionadamente la vida, tanto que queremos enriquecer la propia a través de la experiencia de otros, depositada, en el caso del artista, en sus obras. Puede que el arte no haga la propia vida más larga —yo no puedo afirmarlo—, pero desde luego puede hacerla más ancha, más profunda y más presente. Y, repito, eso también requiere valor, como el de cualquier aventura en la que nos embarquemos.

Una última nota sobre el valor del artista: este ha de ser consciente de que, como tal, asume, además, una enorme responsabilidad: la de dar voz a los que no la tienen o son incapaces de plasmarla a través de un lenguaje perdurable y fructífero. El artista honesto, el único realmente posible, asume ser parte esencial de la memoria sentimental de su tiempo”

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