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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 26 de mayo de 2022

Variaciones de la riqueza

Los pequeños placeres casi siempre son tan pequeños que dejamos de verlos. Los damos por hecho en un mundo que hará hasta lo imposible por convencerte de que necesitas más, de que siempre hay algo mejor esperándote en alguna parte. Algo más costoso, más sofisticado, más nuevo, más deslumbrante. Deslumbrante el sol que sale todos los días. ¿Hace cuánto no ves un amanecer?

Llevo una temporada lejos de casa, en un lugar donde el invierno dura nueve meses. De un día para otro el frío cedió lo suficiente como para salir sin chaqueta, sin guantes y sin bufanda. Verme los brazos desnudos me recordó que, de todos los pequeños placeres, el más grande es sentir el sol directamente sobre la piel. Hay otros: dormir con la ventana abierta y despertarse con el graznido de los patos. Acostarse sobre la hierba, oír el murmullo del río, cruzar cada uno de sus puentes. Cerrar los ojos y aún así seguir viendo la franja de luz amarilla y brillante anclada en los párpados. Volver al cuarto al final de la tarde y contemplar la remanencia del último rayito descendiendo en línea recta sobre la cama. Entender, al fin, el concepto de evening, que no es la tarde ni la noche, sino un punto inescrutable entre ambas. Contar los pelícanos, perseguir los perros, oír la risa de los niños. Correr a lo largo del sendero con tantas ganas que al menor descuido podría llegar hasta el fin del mundo. Llegar hasta el fin del mundo y descubrir que, no importa a dónde vaya, siempre voy conmigo misma. Soy mi mejor compañía. Voy a sacarme a pasear más ahora que el clima lo permite.

En la novela Bajamares, Antonio Tocornal nos presenta al último farero, un anciano a medio camino entre el hombre y el fósil, refundido en una isla habitada por lagartos de andar prehistórico. Una isla en donde “cada día es un remedo del anterior y un preludio del siguiente”. Tras toda una vida sin salir de allí, el farero descubre que cuando las necesidades básicas están satisfechas, ya no se puede ser más feliz, aunque se multipliquen las riquezas. Para él es suficiente “tener con qué saciar el hambre o protegerse del frío, un paseo para sentirse el cuerpo, un baño en la mar para probar la ingravidez, un erizo en ayunas, la ausencia de responsabilidades una vez que se ha cumplido con el deber y, sobre todo, tener tiempo para pensar, o mejor aún, para no pensar, para perderlo. ¿Hay alguien más rico que el que se puede permitir perder su tiempo sin sentirse culpable por ello?”.

Yo sinceramente creo que el dinero contribuye a tener una mejor vida. Sin embargo, al igual que el farero, soy consciente de que la felicidad que proporciona suele estancarse a partir de una cifra. Por eso hay gente tan rica y tan miserable. La clave, entonces, sería no matarse por producir más dinero, sino saber cuánto producir de manera que quede tiempo y vida para disfrutarlo 

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