Los rostros de desconsuelo de los venezolanos en los pasos fronterizos y en las calles de las capitales colombianas conmueven. Desde Cúcuta a Medellín se perciben sus gestos y sus frases de desesperanza por una patria que no para de desmoronarse ante los ojos suyos y los del mundo. Arriban en un coro melancólico a los puertos de su travesía. Sus caras de fatiga, sus equipajes livianos e improvisados, sus zapatos y sus yines raídos componen la escena del desastre que empezó en Miraflores.
Incomodan a los rebuscadores, a los trabajadores informales de un país, el nuestro, donde también hay aullidos y reclamos de hambre.
Hace dos años la crisis se veía venir. Pero había (y hay) quienes se molestaban porque la torpeza de Nicolás Maduro era de tal...