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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 02 de julio de 2022

Verdades

“¿Cómo nos atrevimos a dejar que pasara y cómo nos podemos atrever a permitir que continúe?”, dijo el padre de Roux al terminar la entrega del informe final de la Comisión de la Verdad. Llevamos años matándonos: los muertos se cuentan o se ocultan por miles; los desplazados, los desaparecidos y las ausencias son incontables; la pena y la tristeza se volvieron costumbre para muchos de nuestros cercanos. A pesar de los esfuerzos por que olvidemos o ignoremos, la memoria persiste, resiste y no se deja derrotar.

Hemos hecho de la memoria un lastre, y la verdad es que muchas veces lo es. En este país quizás nos haga falta mucha para que se conozcan las historias, es necesario reconstruirlas y contarlas de todas las maneras posibles. Aunque no haya una única verdad, la de la Comisión (sesgada para muchos) será útil para desenmascarar a los verdugos, no para juzgarlos, sino para, como dice el padre de Roux, “aceptar, con grandeza y con humildad, que es parte de nuestra identidad la tragedia humana que todos nosotros llevamos en Colombia” y para entender “por qué nos metimos en esto y qué hacemos desde todos los lados para que esto no siga”. Si logramos sin revanchismo sanar tantas cicatrices, si logramos entender que cualquier vida segada es valiosa, quizás podamos superar esta eterna desazón y luchar contra la barbarie.

Ojalá que todas esas verdades dichas desde tantas esquinas nos sean útiles en la construcción de un país que se asome de una forma diversa a un mañana posible. Porque no puede ser que ocho de cada diez de las víctimas de esta debacle pertenezcan a la sociedad civil, que sean uno de nosotros.

Los principales responsables de este horror fueron los paramilitares, a ellos corresponde el 45 % de los casos; les siguen las Farc-EP, con un 27 %; los agentes estatales, responsables del 12 %; el Eln y otros del resto. Más de 121 mil desapariciones forzadas, más de 50 mil secuestros, más de 16 mil reclutamientos y más de 7 millones de desplazamientos forzados deberían hacernos reflexionar para decir: ¡Basta! Ya no más. Nos debemos, nos merecemos un mejor futuro, en el que lo primero sea el ser humano y no este “modo” de guerra en el que hemos construido nuestros vínculos.

Para hacer posible un país distinto, deberíamos empezar a reconciliarnos. Para hacerlo, por doloroso que resulte, deberíamos leer el informe, hacer pedagogía, entenderlo y ayudarles a otros a hacerlo; pero, sobre todo, pienso que, al igual que los dos grandes antagonistas nacionales, debería cada uno de nosotros lograr que ese gran acuerdo nacional del que habla el presidente electo nos permita por fin comunicarnos desde nuestra propia orilla. Que nuestro principal acuerdo sea poder encontrarnos en el disenso y ahí respetarnos la vida, que, como dijo Mockus, es sagrada. Deberíamos recordar también que el quinto mandamiento dice: “no matarás” 

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