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Elbacé Restrepo
Columnista

Elbacé Restrepo

Publicado el 27 de noviembre de 2022

Verdades sobre el Metro

Todos los días el Metro de Medellín genera noticias. A veces muy buenas, a veces no tanto y en ocasiones solo ruido. Aclaremos...

Que no es perfecto. Hay trenes rebeldes que ingresan a patios una y otra vez hasta que por fin descubren el talón de Aquiles que los hace a fallar a repetición.

Que ha cerrado taquillas. Obedece a una estrategia para que el usuario migre a múltiples plataformas de recarga virtuales hasta desaparecer paulatinamente los puntos físicos. Sin embargo, no ha sido despedido un solo trabajador por este motivo ni se ha ahorrado dinero a costa de ningún servidor.

Que no es una empresa financieramente sólida, que vive al día y administra sus recursos con eficiencia. En estos 27 años el Metro de Medellín ha aportado en sostenibilidad, en desarrollo a proveedores, en manejo eficiente de los recursos (la repotenciación de trenes con mano de obra de la casa es un botón de oro). Si los recursos del Metro no hubieran sido cuidados y custodiados como lo han sido, con el hueco de miles de millones de pesos que le dejó la pandemia ya no quedarían ni los rieles.

Que ante esta crisis recortó proyectos. No ha podido mejorar la accesibilidad para personas con movilidad reducida, que cuesta cien mil millones de pesos; ampliar estaciones ni mejorar las condiciones locativas de algunas de ellas.

Que se necesita una línea alterna. Pero más que a los cinco metrocables anunciados a la loca, hay que hacerle toda la fuerza al Tren del Río, un proyecto avanzado en manos de la Promotora del Ferrocarril de Antioquia.

Que el Metro de Medellín goza de una excelente credibilidad. Por ello constantemente está asesorando proyectos de transporte en el país y fuera de él.

Que los servidores son agredidos injusta, verbal y físicamente. Mientras usted duerme, hay muchas personas trabajando en la línea para que todos viajemos tranquilos al día siguiente. Pero la tiranía de las redes sociales a veces quiere deslegitimar el compromiso de más de dos mil personas que velan sin pausa para que esta ciudad se mueva.

Que los politiqueros de oficio creen que las empresas del Estado les pertenecen a ellos, que son su feudo particular y no instrumentos de servicio y desarrollo para la comunidad. Que una empresa no es un edificio ni un montón de muebles y documentos, sino un grupo humano que trabaja por unos objetivos. Y para ello necesita la dirección de alguien que conozca la esencia del negocio, no un paracaidista con suerte al que hay que enseñarle todo desde cero.

Si algo ha mantenido al Metro en el punto más alto ha sido, precisamente, una gestión correcta de las gerencias durante su existencia, todas con carácter técnico, lejos de la inestabilidad de los cargos con los que se pagan favores. Para ser gerente hay que tener méritos, no padrinos políticos.

Hasta aquí por hoy. Nos vemos en la estación Mentiras la próxima semana

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