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David Escobar Arango
Columnista

David Escobar Arango

Publicado el 28 de noviembre de 2021

Vías que nutren y oxigenan

Querido Gabriel,

“¡No me hablen, estoy manejando y esta carretera es muy peligrosa!”, dijo mi papá, y se ajustó sus gafas para ver mejor la vía casi inexistente, discontinua, con huecos, sin señalización y cubierta por neblina. El viaje familiar a la costa, a estas alturas, parecía una mala película de terror. “No veo nada y al lado hay un barranco muy profundo”. De pronto, como si lo hubiera invocado, aparecieron frente a nosotros dos luces, como los ojos de un jaguar inmenso. Apenas sentimos el rugido Juan Gabriel reaccionó milagrosamente, viró con brusquedad, sacó el carro de la vía y nos detuvimos patinando justo entre el vacío y la tractomula monstruosa que pasó rozándonos. Quedamos en silencio un buen rato, quizá para evitar hablar de lo cerca que habíamos estado de la muerte.

¿Quién no ha pasado un susto similar en las carreteras colombianas? Posiblemente, después de la violencia, la gran limitación para el desarrollo de Colombia sean nuestras vías, aún en buena parte estrechas, sinuosas y de mala calidad, que hacen que todo se demore y cueste más. Ahora que celebramos la vía Pacífico 2, recién construida por Odinsa y Grupo Argos, la primera de las 4G antioqueñas, un proyecto regional que pronto conectará al valle de Aburrá con el Eje Cafetero, el Magdalena y Urabá, ¿hacemos una tertulia sobre infraestructura, sobre la importancia de tener vías modernas que conecten este país y sus regiones entre sí y con el mundo?

¿Para qué sirve una buena carretera? Como las arterias y las venas en el cuerpo humano, las vías irrigan vida, nutren y oxigenan. Bien pensadas, conectan puertos, aeropuertos, núcleos urbanos, centros de producción de alimentos y lugares turísticos. Acercan, desde luego y sobre todo, familias y corazones. Algunos afirman, además, que la paz territorial y la integración con los países vecinos se aceleraría con un amplio programa de infraestructura vial.

Luego de décadas de incapacidad del Estado, en los últimos gobiernos algo está cambiando. “Hemos avanzado en tener un marco regulatorio, una institucionalidad público-privada e inversión empresarial para las nuevas concesiones viales”, explica Juan Martín Caicedo, de la Cámara Colombiana de la Infraestructura. El rol del sector privado como inversor y ejecutor ha sido clave, así como la estabilidad normativa y los avances de la ingeniería nacional, que perdió el miedo a hacer túneles y viaductos en las montañas de los Andes tropicales. ¡Y todavía hay quienes atacan los peajes, absolutamente necesarios para el funcionamiento del sistema y su desarrollo!

Pero falta un largo trecho. Carecemos aún de buenas redes secundarias y terciarias. Siguiendo la comparación con el sistema circulatorio, el país necesita capilaridad vial. Debemos conectar a pueblos y veredas. No puede ser que aún haya decenas de municipios (in)comunicados con una carretera destapada o vías en pésimo estado, que zonas con alto potencial turístico o agrícola permanezcan inaccesibles. Terminar esta tarea catalizará el desarrollo empresarial y agropecuario, y permitirá a los turistas acceder a unos de los territorios más ricos del mundo en biodiversidad y etnodiversidad.

Conversemos con los empresarios y líderes públicos que han jalonado este primer salto, reconozcamos a la Cámara de Comercio de Medellín su liderazgo y pensemos en el siguiente desafío. Hablemos de las regiones con más alto potencial, de obras por impuestos y nuevas formas de financiación, de vías para la agroindustria y el turismo. Recordemos el pasado, reconozcamos los avances y miremos, con esperanza, hacia el futuro. Contaba Juan Luis Mejía hace poco que alguien le dijo, al transitar la Concesión La Pintada, que parecía otro país. “¡Lo es!”, fue su respuesta, sonriente. El país posible, el del futuro, el que nos corresponde construir 

* Director de Comfama

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