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Juan José Hoyos
Columnista

Juan José Hoyos

Publicado el 13 de marzo de 2022

Viendo caer las flores de los guayacanes, otra vez

Mi primer recuerdo de Pelusa está perdido allá lejos, entre las fotos de la infancia y las flores amarillas de los guayacanes, en una vieja casa del barrio Aranjuez. Él lleva un pantalón corto. Está muy flaco. No habla. Sólo me mira con los ojos y la boca abiertos, como si estuviera asustado. Pero no, lo que revelan esos ojos es tristeza.

Pelusa era distinto. Caminaba distinto, hablaba distinto. Los médicos decían que sufría retardo mental. ¡Pero qué va!: era el hermano más inteligente. Una vez, en un barrio de Itagüí, un tipo le fracturó un brazo. Yo no estaba con él y no pude defenderlo. Otra vez, alguien tumbó a Pelusa al suelo porque a él también le parecía divertido aprovecharse de un ser débil. Es la única vez que he empuñado un arma contra alguien. Era más alto que yo, que era apenas un adolescente. El arma fue una gran piedra. Lo golpeé en la cabeza, sin decirle nada. Luego, cuando Pelusa y yo volvíamos a nuestra casa, yo me pregunté en silencio: ¿por qué los seres humanos somos así?

El primer recuerdo de Quique se remonta a otra casa de Aranjuez. Él está descalzo, lleno de vigor, dándole vueltas al manubrio de un molino Corona. Está ayudando a Anita, nuestra madre, a moler el maíz para las arepas. Quique oía rosarios por radio todo el día y cantaba misas hasta cuando estaba en el baño.

Él también era distinto. Cuando Anita agonizaba, yo le pregunté: Mamá, ¿qué vamos a hacer con ellos? Ella, todavía lúcida, dijo: “Mijo, yo me muero tranquila porque los dejo en manos de Dios... y, además, en manos suyas. Sé que usted será un buen papá para ellos... ¿No es cierto?”. Yo se lo prometí, arrodillado junto a su cama.

Un domingo los saqué a pasear y, mientras íbamos en un taxi, rompí en llanto. Llevaba días tratando de contener las lágrimas. Pelusa y Quique se pusieron a consolarme. Y el taxista les preguntó: “¿Por qué está llorando ese man?”. Y Quique le contestó: “Porque se nos murió mi mamá”. Él me dijo: “Hermano, mi sentido pésame. Pero trate de ser fuerte como ellos”. Yo le dije que estaba luchando por serlo, pero que tenía el alma rota. Luego, él les preguntó: “¿Y ustedes por qué están tan contentos?”. Y Quique respondió: “Porque quedamos huérfanos, pero ya no... porque mi mamá le dijo a él —y me señaló a mí— que cuando ella muriera, él iba a quedar de papá de nosotros... Entonces ya no estamos huérfanos”. El taxista detuvo bruscamente el carro, me quitó el pañuelo de la cara y me dijo: “¡Hermano! ¡Deje de ser güevón! ¡Usted ahora ya no puede llorar más! ¡Ya oyó!: ¡Usted quedó de papá de ellos y tiene que cumplir la promesa que le hizo a su mamá! ¡Siga llorando así y verá que va a quedar peor que ellos! Y entonces, ¿quién los va a cuidar?”. Yo no me ofendí por sus palabras. Vi que tenía la razón.

Pelusa murió en paz unos meses después. Yo lo cuidé hasta que entró en coma. Estuvimos cogidos de las manos, y yo le hablaba al oído diciéndole que muriera tranquilo. Quique murió veinte años después, en la madrugada del pasado 11 de marzo. Estuvo en coma durante dos semanas en una UCI de una clínica. Por eso no lo pude acompañar a morir.

No sé por qué estoy contando estas historias. Tal vez porque tengo el alma rota. Sin embargo, no he llorado. Antes de que pasara todo esto, yo era un niño asustado por la muerte. Pero Pelusa y Quique me enseñaron a vivir. Ahora, de nuevo, me han enseñado a morir 

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