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Fernando Velásquez Velásquez
Columnista

Fernando Velásquez Velásquez

Publicado el 21 de octubre de 2019

¡Volveré a las aulas!

Se conoció este miércoles la decisión de la Corte Constitucional en relación con la llamada Ley de Financiamiento cuyo articulado, en su totalidad (salvo tres disposiciones modificados por ley posterior), fue declarado inexequible; ello ha desatado toda una tormenta política con riesgos de tsunami económico; sin embargo, para no caer en juicios apresurados es necesario hacer algunas precisiones.

De un lado, recuérdese que toda ley es el resultado de un proceso legislativo reglado en la Constitución la cual señala los pasos que conforman el rito, para que ella se expida con el respeto debido a los principios que rigen el sistema político. Y eso, que parece elemental, lo olvidó el Congreso de la República –para ser más precisos la Cámara de Representantes– que, en sesión del día 19 de diciembre de 2018, decidió a pupitrazo limpio (como en los mejores tiempos de la mermelada santista en relación con el abortado plebiscito) acoger el texto aprobado por el Senado para simular el cuarto debate. No hubo, pues, publicación del proyecto ni tampoco discusión alguna. Por eso, la Corte Constitucional no tenía posibilidad de declarar ajustada a la Constitución semejante “Ley”, tras pronunciarse sobre el reguero de demandas instauradas por ciudadanos, quienes así manifiestan su inconformidad en relación con la forma irresponsable, como hoy se legisla entre nosotros.

Pero, de otro lado, no se deben olvidar algunos de los perversos contenidos de esa normativa denunciados en este espacio dominical el día catorce de abril. En efecto, gracias a disposiciones como el caído artículo 53, se consiguió paralizar toda la actividad económica inmobiliaria del país porque ella disponía, entre otras cosas y gracias a una “genialidad” carrasquillezca, que el precio de las enajenaciones era el correspondiente al valor comercial de los inmuebles; las pérdidas económicas producto de esta voracidad tributaria son incalculables y, todo lo indica así, esta es la hora en que el quejoso ministro de finanzas de este régimen paquidérmico no se ha dado cuenta de la catástrofe que produjo. A ello, añádase, la desastrosa modificación al Código Penal que en esa oportunidad también se denunció.

Por supuesto, gracias a la “sabia decisión” de la Corte será necesario esperar hasta el 31 de diciembre cuando el fallo “modulado” surta sus efectos plenos (perversa figura ideada en contra de la Constitución para deshacer entuertos), porque ella decidió que esas normativas son constitucionales hasta esa fecha y, por ende, inconstitucionales desde el primero de enero de 2020. Desde luego, este aparte del proveido anunciado es una alcaldada más porque la Constitución no permite acudir a ese tipo de mecanismos para salvar “vacíos normativos”. Pero algo más llama la atención: la Corte le da al Congreso diez semanas para que reponga la actuación. ¡Cómo se nota que los supremos jueces no conocen la mecánica legislativa!

En fin, la conclusión dimana sin muchos esfuerzos dialécticos: el gobierno, a través de su descocado ministro, hizo un oso monumental al confeccionar el proyecto de ley y, lo que es más grave, al sancionar una ley mal tramitada; los congresistas no tienen la más mínimas nociones sobre el trámite de una iniciativa legislativa. Y, para acabar de ajustar, yerra la Corte Constitucional al decidir “modular” de forma absurda un fallo para tratar de evitar una catástrofe económica (aunque debe abonársele la buena fe); es más, cuando dispone la “reviviscencia” de las normas derogadas (ya lo había dicho hace algunos años), algo que sabe cualquier estudiante de primer año de derecho y que no le queda bien señalarlo al órgano encargado de velar por la guarda e integridad de la Constitución.

En definitiva, también una lección personal: pronto, muy sonrojado, tendré que volver al curso de “Introducción al Derecho” pero no con mi excelso maestro de entonces, el finado profesor Carlos Gaviria Díaz; y, lo más grave: no en el “Alma Máter de la raza”, como la llamó Édgar Poe Restrepo en su inmortal himno.

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