Es un síntoma de los buenos burgueses perder la memoria sobre sus rebeldías pasadas. Dejar atrás en el camino del olvido cualquier estampa de agitación juvenil, universitaria, acaso el tono contestatario de la iniciación en la vida laboral. Con el tiempo, todo se vuelve zona de confort. A esta clase de renegado puede agregarse una peor: la de unos tantos que terminan incursos en política.
Empieza la fascinación con el poder que ejercen en los habitáculos públicos. Esas oficinas en las que ordenan desde un tinto hasta un proyecto que se pagará con la plata de otros, y que a veces puede rendir un rédito oscuro. Que da margen para el zarpazo.
Empiezan a calentarse también los calzoncillos o los calzones, según sea el caso. En esa espiral de la burocracia...