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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 04 de septiembre de 2021

¿Y qué es el jovenismo?

Empecé a hablar la semana pasada en esta columna del libro Bienaventurada vejez del filósofo francés Robert Redeker. Una inquietante y densa reflexión sobre la vejez y sobre la juventud. Con el riesgo de volverme cansón y pesado con estas filosofías que tal vez a muy pocos interesen, quiero volver sobre el tema. Porque hablar de la juventud y de la vejez, como hablar de la vida y de la muerte, pueden acabar llevándonos a enredarnos en un verdadero berenjenal.

La feliz o “bienaventurada” vejez, que plantea Redecker, no es sino una desolada defensa de la senectud contra los embates de la juventud. O sea, de eso que se llama jovenismo: exaltación de lo joven, de los jóvenes y de la juventud, tanto en el ámbito personal y biográfico de alguien que era joven, pero se volvió irremediablemente viejo (yo), o en el contexto de una sociedad (la nuestra) que, con el dolor del alma, o con toda la impiedad e inclemencia del caso, tiene que irse deshaciendo de los “gerontes”, de los ancianos.

El chileno Rodrigo Escribano definió así el jovenismo, que, aunque no lo creamos, ha estado más que presente en tiempos del covid: “Canto a la adolescencia perenne, consagración de las pasiones inmediatistas. Para el jovenismo, las arrugas eran insultos; los cuerpos imperfectos, delitos; la vejez, un sórdido recordatorio de la muerte. De ahí que esta se ocultase sistemáticamente en las carcasas de silicona y en los asilos. El jovenismo aspiraba a invisibilizar el sufrimiento y sumirnos en un gozo inacabable. Pero todo esto no eran más que delirios. Delirios propios de un borracho que se tambaleaba torpemente mientras confundía la luminiscencia triste de un farol callejero con la plenitud del sol. Llegó el covid-19, tropiezo que repentinamente nos sacó de nuestro hedonismo, recordándonos nuestra condición de animales que, si bien racionales (o eso dicen), seguimos sometidos a nuestro medio natural y a nuestra propia finitud”.

Muchas veces, como era previsible, habla Redeker del jovenismo en su libro. Expresamente le dedica el capítulo octavo, titulado “Jovenismo, fascismo y sociedad de consumo”, así como el undécimo:“Jovenismo e ignorancia de la política”. Y sea la ocasión para destacar la apetitosa y antojadora titulación de los veintiún ensayos que conforman el cuerpo del volumen: “La sociedad del inmortalismo”, “El viejo, el hombre inútil”, “Odio a la vejez o el pensamiento del declive”, “El Viagra, o un atentado contra la vejez”, “El crepúsculo de los cementerios”, etc., etc.

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