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Es importante que todos los ciudadanos salgan a votar para que el Congreso no quede solo en manos de las maquinarias políticas.
Falta solo un mes para las elecciones del 8 de marzo que definirán cómo quedarán integrados el Senado y la Cámara de Representantes de Colombia para los próximos cuatro años –además de las consultas a la Presidencia–.
Una cita sin duda crucial para la democracia colombiana no solo porque marcará el rumbo del Congreso en un periodo cargado de tensiones, sino porque ese día Colombia enfrentará un desafío que muchos analistas han advertido, pero que aún no recibe la atención que merece: la posibilidad de que millones de votos terminen perdiéndose no por falta de participación de la gente, sino por la incapacidad de algunas listas de lograr el número mínimo de votos exigido.
Los partidos, movimientos y coaliciones, por ley deben llegar al umbral, es decir sacar un número mínimo de votos válidos, para poder ganar curules. En el caso del Senado, este umbral equivale, por norma, al menos al 3% de los votos válidos a nivel nacional. Esto se traduce en cifras que rondan los 600.000 votos. Una vez el partido logra ese mínimo de votos se le aplica la “cifra repartidora” para ver cuántas curules le tocan.
Cuando un partido no supera dicho umbral, no sólo pierde la posibilidad de obtener curules, sino que también pone en riesgo su existencia legal como organización política, con consecuencias profundas en su financiación estatal y en su capacidad para presentarse en futuras contiendas.
¿Y por qué esa reflexión es importante ahora? Este año, hay una proliferación de “nuevas” listas de movimientos de oposición: Salvación Nacional, al que le está haciendo campaña frontalmente Abelardo de la Espriella; Creemos, el movimiento que respaldó a Federico Gutiérrez a la Alcaldía de Medellín; Verde Oxígeno, el partido de Ingrid Betancur que apoya a Enrique Peñalosa y a Juan Carlos Pinzón; o Con Toda por Colombia, la lista de Juan Daniel Oviedo.
Existe un riesgo real: si las listas de partidos y coaliciones no logran superar el umbral, esos votos se convertirán en votos “muertos”, que no suman. Esto se traduciría en un Congreso potencialmente menos plural, donde las voces emergentes se verían desplazadas no por falta de apoyo social, sino por barreras estructurales que favorecen a los partidos grandes o medianos que sí superen el umbral.
Recordemos que en 2022, Gilberto Tobón Sanín, con más de 170.000 votos, fue el quinto candidato con más votos al Senado, pero por esas crueles paradojas del sistema su partido Fuerza Ciudadana, del exalcalde de Santa Marta Carlos Caicedo, solo sacó 400.000 votos, no superó el umbral y terminó “quemado”. Lo mismo ocurrió con el Nuevo Liberalismo, que tenía varias figuras de renombre nacional, Estamos Listas y la Liga Anticorrupción.
En total, cerca de un millón de votos válidos no se tradujeron en representación.
¿Qué pasó con esos votos? Pues “dejaron de contar”. El Pacto Histórico, movimiento afín a Fuerza Ciudadana —también de izquierda—, de haber obtenido 400.000 votos adicionales, podría haber sumado un par de curules más.
Si estos nuevos partidos pasan el umbral, todo perfecto: nuevos movimientos políticos ganarán representación en el Senado. Pero también puede pasar que si partidos como Verde Oxígeno, Salvación Nacional o Creemos no llegan a los votos mínimos para clasificar al reparto de curules, la coalición de centroderecha en el Congreso terminaría perdiendo esos votos.
Colombia ya vivió una elección caótica en 2002, cuando tuvimos más de 300 listas al Senado porque los 60 partidos de entonces podían presentar cuantas listas quisieran –hoy están inscritas 27 listas–. En ese entonces terminaron eligiendo 96 listas distintas gracias al antiguo sistema de cociente electoral. La fragmentación era tal que un congresista podía elegirse con menos de 20.000 votos, haciendo imposible una representación proporcional o coherente.
Esa crisis forzó la reforma política de 2003, que introdujo dos herramientas fundamentales: el ya mencionado umbral electoral (3% de los votos válidos), y la cifra repartidora. En las elecciones de 2006, ya con las nuevas reglas, el número de listas cayó de más de 300 a apenas 20: desde ese entonces, la cifra se ha mantenido en rangos parecidos. A pesar de que el CNE ha revivido, irresponsablemente, varios nuevos partidos hasta alcanzar más de 30, en Senado, gracias a la reforma política de 2003, no se ha replicado la anarquía de entonces.
Por todo eso es importante que todos los ciudadanos salgan a votar para que el Congreso no quede solo en manos de las maquinarias políticas.