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El turismo de los huevos de oro

Medellín puede consolidarse como modelo de turismo urbano, sostenible, cultural y creativo. Para lograrlo debe mirar más allá del espectáculo.

hace 3 horas
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  • El turismo de los huevos de oro

Medellín está viviendo un momento estelar. Tres noches consecutivas con Bad Bunny colmando el estadio Atanasio Girardot, la feria Colombiatex atrayendo compradores internacionales, y el esperado partido de Lionel Messi contra Atlético Nacional el próximo fin de semana, no son hechos aislados: son síntomas de una transformación que posiciona a la ciudad como una de las capitales emergentes del turismo y los grandes eventos en América Latina.

Las cifras respaldan esta percepción. Solo en 2024, el turismo en Medellín creció un 23 % con respecto al año anterior. La ciudad ha sido reconocida por publicaciones especializadas del mundo como uno de los destinos “imperdibles” para el 2026. La ocupación hotelera supera el 70% y el impacto económico para 2025 es de más de $58.000 millones.

Pero más allá de las cifras, hay una narrativa más poderosa: Medellín está dando el salto de ser una sobreviviente para convertirse en un epicentro cultural, empresarial y deportivo de talla global.

Detrás de esta bonanza está, sin duda, la magia de una ciudad que se presenta por la calidez, la recursividad y la laboriosidad de su gente, cuyo nombre nuestros artistas globales se han encargado de poner como referente de turismo en muchos idiomas. Medellín ha sabido abrir sus puertas, mostrar su alma y seducir al mundo.

Sin embargo, como ya lo anticiparon ciudades como Barcelona o Ámsterdam, el éxito turístico no puede improvisarse. La euforia del momento no debe hacernos perder de vista las tensiones crecientes: saturación de zonas como El Poblado y la Comuna 13, desplazamiento de residentes por alzas en arriendos turísticos, y la recurrencia de fenómenos preocupantes como el turismo sexual que, a pesar de los esfuerzos de las autoridades, parece no querer ceder.

Frente a esta problemática, el alcalde de Medellín ha dado señales claras de rechazo y control. Gracias a la alianza con agencias de Estados Unidos han logrado capturar y prohibir la entrada a pederastas y señalados de trata de personas. Hoy precisamente EL COLOMBIANO publica la pena de cadena perpetua para un gringo por participar en ese nefasto negocio. Es la segunda sanción de este tipo para estos depredadores que, siendo extranjeros, operan sus ilícitos en Medellín.

Estas sanciones, aunque necesarias y contundentes, no son suficientes por sí solas. Es imperativo que toda la ciudadanía —desde los anfitriones turísticos hasta los vecinos de los sectores más visitados— actúe con responsabilidad, denunciando redes ilegales y evitando la normalización de esta práctica. Medellín no puede permitir la explotación de sus jóvenes ni tampoco ser reconocida como un destino para ese fin: eso traiciona a su gente y a su proyecto de futuro.

Por otro lado, casos como el de cobrar $98 millones de alquiler por una vivienda por cuatro días, como se denunció el fin de semana, no solo generan indignación, sino que exponen una tendencia que, si no se regula, puede matar la gallina de los huevos de oro. Uno de los principales atractivos de Medellín es su buena relación calidad-precio. Perder ese equilibrio significa perder parte de su encanto, pero sobre todo valores que son fundamentales para que una sociedad florezca. Es preciso rechazar y condenar cualquier práctica con la que alguien se quiera enriquecer, como en este caso, a costa de la ciudad.

El turismo, como toda actividad económica, debe estar al servicio de la ciudad, no al revés. Medellín tiene todavía mucha tarea por delante. No es este el espacio para dar recetas, que por demás no tenemos. Sino para invitar a reflexionar sobre cómo se podrían evitar los eventuales excesos. Cómo de información, y —sobre todo— enfrentar de manera decidida el fenómeno de la prostitución, que ha crecido de la mano del turismo desregulado.

También es urgente promover campañas que eduquen al visitante sobre los códigos culturales locales, la convivencia y el respeto. No se trata de “espantar” al turista, sino de atraer al turista correcto: aquel que valore la cultura, la memoria y la dignidad de la ciudad.

Barcelona limitó las licencias hoteleras y redistribuyó el turismo hacia barrios periféricos. Ámsterdam prohibió nuevas tiendas turísticas en su centro histórico y reguló el alquiler de viviendas para visitantes. Medellín puede aprender de estas experiencias antes de que sea demasiado tarde.

Estamos ante una oportunidad histórica. Medellín puede consolidarse como un modelo de turismo urbano, sostenible, cultural y creativo. Pero para lograrlo debe mirar –como lo está haciendo de manera aún incipiente– más allá del espectáculo. El reto no es atraer multitudes, sino construir una experiencia que honre su identidad, cuide a sus habitantes y sostenga su atractivo en el largo plazo.

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