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No se puede disculpar o justificar lo injustificable con razones absurdas como que a los estadios se va a desahogarse.
El episodio racista sufrido por el futbolista Vinicius durante un partido en España ha generado un eco no solo mediático, sino político de dimensiones nunca antes vistas. No es la primera vez que ocurre algo así. Lamentablemente los estadios de fútbol han sido terreno de impunidad para quienes no entienden de convivencia, pero sí llama la atención el debate que se abrió con este caso.
Lo que sucedió el domingo pasado en el estadio valenciano de Mestalla, durante un partido que enfrentaba al Real Madrid frente al Valencia, fue lamentable. Que un puñado de hinchas le gritaran “mono” (“mico”) a Vinicius, mientras escenificaban gestos y ruidos de simios, es intolerable. No hay excusa que mitigue la gravedad del asunto. No se puede disculpar o justificar lo injustificable con razones absurdas como que a los estadios se va a desahogarse. Esa disculpa ha permitido que se den comportamientos antisociales que nada tienen qué ver con el deporte, menos aún con el fútbol, que tiene un efecto amplificador gigantesco.
Samuel Eto’o aguantó lo mismo hace 17 años; Dani Alves, el Mono Burgos, Freddy Rincón o el Tren Valencia podrían contar muchas historias semejantes durante su paso por la liga española de fútbol. Esto demuestra que se necesita un cambio en la cultura del fútbol que implique a todos los actores. Porque más que racismo, que lo hay, prevalece un asunto profundamente relacionado con la educación.
Los protocolos que existen contra el racismo no se aplican en los estadios españoles con la misma contundencia que en otras ligas de primer nivel. En la inglesa y la italiana se potencia la vía penal para combatir este tipo de actos, se castiga a los clubes y los insultos se tratan como un problema de orden público en el que intervienen las fuerzas de seguridad, que identifican a los delincuentes, elevan la denuncia y los expulsan de las gradas. España, en cambio, descarga la responsabilidad sobre el árbitro y queda un cierto aire de impunidad que hace que una y otra vez se repitan situaciones semejantes.
Esta vez el caso de Vinicius ha despertado la indignación en su país, el Brasil. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva abrió su conferencia de prensa en el G-7 solidarizándose con el jugador, y a partir de ahí comenzó una cadena de reacciones de dirigentes políticos, futbolistas y mandatarios deportivos, como el máximo responsable del fútbol mundial, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Como si fuera poco, se han protagonizado impactantes gestos simbólicos de solidaridad como la decisión de apagar las luces que iluminan el Cristo Redentor, en el cerro del Corcovado de Río de Janeiro, emblema brasileño, en apoyo al futbolista insultado.
Los entrenadores del Real Madrid y el Barcelona condenaron sin paliativos los insultos. Carlo Ancelotti llegó a afirmar que “la Liga tiene un problema”, y Xavi Hernández, técnico azulgrana, aseguró que el fútbol es el único deporte en el que se acepta el insulto sin saber muy bien por qué, cosa que no ocurre con ninguna otra profesión. En definitiva, el fútbol no puede ser un reducto en el que se tolera lo que en cualquier otro ámbito de la sociedad se combate.
Todo esto ha adquirido una dimensión mucho más allá del fútbol y ha girado hacia la pregunta de si España es un país racista. Llegados a este punto debemos ser muy cuidadosos, porque sabemos lo que son las estigmatizaciones de todo un país por el comportamiento de algunos indeseables. Una cosa es decir que en España hay racistas y otra bien distinta que España, como nación, es racista. ¿Qué diríamos de Colombia o de Estados Unidos? Nadie puede tirar la primera piedra, como hemos advertido en estas páginas.
Ojalá este lamentable episodio de Vinicius sirva para acelerar un cambio. El fútbol debe romper cualquier atisbo de aceptación de la violencia, sea cual sea su forma. El compromiso de un deporte de masas con los valores del respeto y la igualdad debe ser diáfano. No vale minimizar casos como los que se han vivido tantas veces contra jugadores, árbitros y entrenadores. Tal como lo mencionó el diario deportivo español Marca, “no es suficiente con no ser racistas: hay que ser antirracistas”.