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¿Para qué vivir en una ciudad inteligente?

Prometen mejorar la calidad de vida por medio de la tecnología. Usos internacionales y cómo va el país.

  • Ilustración sstock
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Publicado el 04 de diciembre de 2020

El sonido del metro que se acerca es una de las formas en las que la ciudad habla con usted. Le dice que camine más rápido o que tendrá que esperar el siguiente tren. Los rayos le advierten que saque la sombrilla, los letreros de los almacenes lo invitan a parar en un lugar por una promoción.

Todos los días, al salir o quedarse en casa, conversa con la ciudad y toma decisiones de acuerdo con lo que ve, escucha o percibe de ella. Acciones cotidianas como guardar la ropa, sacar la basura un día específico o irse a vivir a un lugar porque ha escuchado cosas buenas de ese sector son producto de una conversación constante con la urbe en la que vive. ¿Pero qué tan certera es esa conversación? A veces la sombrilla se carga en el bolso en vano, porque por más oscuro que estuvo el cielo no llovió.

Aunque Internet ha cambiado la forma en la que los habitantes se relacionan con su ciudad, por medio de herramientas como los mapas o las redes sociales, los datos y la inteligencia artificial quieren llevar esa relación a otro nivel: el de las ciudades inteligentes.

La española Alicia Asín, creadora de la empresa de Internet de las Cosas Libelium y ganadora del premio Mujeres Innovadoras de la Unión Europea en 2018, dice que las smart cities se centran en la calidad de vida de los ciudadanos basadas en cuatro pilares: mejorar el bienestar de los habitantes, permitir un ahorro de costos al ser más eficiente en el uso de los recursos (electricidad, agua), ser lo más respetuosa posible con el medio ambiente y abrazar el concepto de sensores para generar datos y así comunicarse de una manera diferente con los ciudadanos. Esos datos que se generan no es sobre la información personal de los ciudadanos, sino de lo que ocurre en el núcleo urbano.

Para ella, una urbe no es inteligente al usar tecnología únicamente, “tiene que haber muchísima más comunicación; si pones tecnología y no cambias los procesos no haces nada”. Y pone este ejemplo: “En España se ha incrementado mucho el uso de carro particular en la pandemia, en detrimento del transporte público. ¿Qué puede hacer la ciudad? Si la gente usa el coche lo que hay que hacer es medir los niveles de congestión del transporte público y cruzarlos con datos de tráfico. Si por la mañana puedes tener información clara de lo congestionadas que están las vías, a lo mejor retrases tu viaje 15 o 20 minutos o decidas ir en metro, pero es una determinación basada en datos. La ciudad tiene que hablar contigo y hasta que no demos ese paso de hacer accesible y fácil que todas las personas usen esos datos, no vamos a tener ciudades inteligentes”, explica Asín en videollamada con EL COLOMBIANO.

Las tres capas

¿Y por qué es importante que vivamos en ciudades inteligentes? Según los datos del Banco Mundial, a finales del año pasado el 55 % de la población global habitaba zonas urbanas. Estudios de Naciones Unidas estiman que ese valor crecerá a 68 % para 2050. La misma entidad calcula que a mitad de siglo serán 9.700 millones de habitantes en todo el mundo. Es decir, 6.596 millones de personas vivirían en ciudades en ese año.

Eso trae algunos problemas que esta organización advirtió desde 2018: “El aumento de la población urbana —sobre todo en los países de ingresos medios y bajos, que son los que lideran la tendencia— implica prestar atención a aspectos como el alojamiento, el transporte, la energía, los servicios educativos y sanitarios o el empleo para poder satisfacer las necesidades de los ciudadanos. No se puede generalizar en cuanto a los efectos de la urbanización”.

Algunos problemas que ya enfrentan los núcleos urbanos —como la inseguridad, contaminación, congestión vehicular y desigualdad— se podrían recrudecer por el efecto del crecimiento poblacional en los próximos años. Sin embargo, la consultora McKinsey & Company encontró en 2018 que podrían superar esos retos al convertirse en “smart cities”.

“Su efecto podría reducir potencialmente las muertes (por homicidio, accidentes de tránsito e incendios) entre un 8 y un 10 por ciento. En una ciudad de alta criminalidad con una población de cinco millones, esto podría significar salvar hasta 300 vidas cada año. Los incidentes de asalto y hurto podrían reducirse entre un 30 y un 40 por ciento. Además de estas medidas están los beneficios incalculables de dar a los residentes libertad de movimiento y tranquilidad”, indicó el informe en su momento.

Esta consultora explica que, para lograrlo, la ciudad debe trabajar en tres capas: “La primera es la base tecnológica, que incluye una masa crítica de teléfonos inteligentes y sensores conectados por redes de comunicación de alta velocidad. La segunda consiste en aplicaciones específicas: traducir los datos en bruto en alertas, conocimiento y acción requiere las herramientas adecuadas, y aquí es donde entran los proveedores de tecnología y los desarrolladores de aplicaciones. La tercera es el uso por parte de las ciudades, las empresas y el público. Muchas aplicaciones sólo tienen éxito si son ampliamente adoptadas y logran cambiar el comportamiento. Animan a la gente a usar el tránsito durante las horas de descanso, a cambiar de ruta, a usar menos energía y agua y a hacerlo a diferentes horas del día, y a reducir las tensiones en el sistema de salud a través de un autocuidado preventivo”.

Ejemplo de otros países

Solo aplicando la primera capa que menciona el informe se podría lograr que cada accidente, robo o algún cambio repentino en la normalidad de Medellín, por ejemplo, se convirtiera en un dato. Esa información no estaría en el aire. Al igual que los mails que tiene guardados en su correo electrónico, la información que produce una ciudad debe almacenarse en grandes centros de datos, conocidos como “la nube”.

Para Saida Ortiz, gerente general para América del norte de Vertiv, una multinacional enfocada en diseñar centros de datos para industrias y gobiernos, “hoy el reto está en dónde y cómo alojar la información. Los centros de datos son cruciales para que los datos que va a la nube aterrice en algún lado de acuerdo a las necesidades de las empresas y personas”. Ella señala ejemplos de cómo la gestión de los datos podría ayudar a las ciudades en el camino para volverse inteligentes: “Compañías de servicios públicos utilizan contadores inteligentes e introducen esquemas dinámicos de precios. Las bienes raíces integran sistemas de automatización, sensores y opciones de movilidad en sus propiedades. En Japón se lanzó un programa de gestión de catástrofes que incluye un sistema de alerta de emergencia para detectar posibles desastres naturales e identificar áreas de alto riesgo, con el fin de promover tiempos de respuesta más rápidos y realizar una asignación efectiva de los recursos públicos”.

Menciona el caso de Inglaterra que desarrolla la infraestructura crítica para que en las paradas de bus se brinde información en tiempo real de horarios, disponibilidad de asientos y el análisis de tráfico a los usuarios, y de Australia, que busca actualizar la iluminación de las calles con postes que ajustan la iluminación como estrategia de disuasión para el crimen. “Nuestro país debe apostarle a construir urbes inteligentes, estas ya están cambiando la forma en que vivimos”, argumenta la consultora.

Dos caras

El 1 de octubre de este año, el Ministerio Tic lanzó un modelo de medición de madurez de ciudades y territorios inteligentes que hace parte de su política pública de ciudades inteligentes presentada este año. El Ministerio invita a la sociedad civil, empresarios, sector académico e instituciones del Estado a expresar su punto de vista sobre las capacidades y oportunidades del lugar en el que viven en el camino a convertirse en urbes inteligentes. Son 61 ciudades en todo el territorio nacional, entre ellas La Ceja, Medellín, Rionegro, Santa Rosa de Osos y Caldas, en Antioquia. (ver Informe).

Desde la perspectiva de la experta en innovación Alicia Asín, “es también una obligación de los ciudadanos empezar a exigir que las decisiones que se tomen en la ciudad estén orientadas en los datos”. Asín llama ese modelo datocracia. Sin embargo, el concepto tiene varias caras de la moneda. Ella explica que en una metrópoli inteligente los datos que se gestionan no deben ser personales, sino que se trata de calidad de agua, gasto energético, congestión vial, entre otros.

Sobre este punto, el experto en transformación digital Gautam Daswani, director de marketing de Talos, una empresa de desarrollo de software, indica que “hay muchos pros y contras en cuanto a la cantidad de datos que pueden ser utilizados por los gobiernos para las ciudades. La definición de los parámetros es un punto clave para esta conversación. Lo ideal en este escenario es que todo se base en la transparencia, en ningún desarrollo, incluidas las ciudades inteligentes, es aceptable que los gobiernos o las organizaciones privadas hagan un uso arbitrario de los datos de los ciudadanos”.

Para Alejandro Arias, profesor de la Escuela de Administración de Eafit y estudiante de doctorado en Gestión de la Innovación Tecnológica, “en Medellín vamos por buen camino a convertirnos en una ciudad inteligente porque ya empezamos con el proceso, por ejemplo, en iniciativas de seguridad con cámaras de vigilancia para disminuir la criminalidad. Pero cuando hablamos de smart cities también hay que hablar ciudadanos inteligentes, y en Medellín todavía hace falta mucha alfabetización tecnológica, penetración de Internet, acceso a tecnología que permitiría hacer que esta ciudad en realidad sea inteligente. Sin embargo, estamos teniendo buenas aproximaciones”.

El ideal es que una urbe sea tan inteligente que pueda conversar con usted por medio de los datos .

68%
aumentará la población global que habita en zonas urbanas en 2050: ONU.
30%
se podría reducir la criminalidad en una ciudad inteligente: McKinsey & Company.
Laura Tamayo Goyeneche

Quiero pasarme la vida aprendiendo cosas nuevas y me hice periodista para asegurarme. Escribo sobre tecnología y gastronomía en la sección de Tendencias.


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