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¿De dónde vienen los objetos espaciales que impactan contra la Tierra?

Una investigación de científicos españoles, publicada por The Astronomical Journal, ha analizado el origen, a través de su órbita y composición de algunos de los cuerpos de un metro de diámetro que impactan nuestro planeta.

  • Una nube molecular tomada por el telescopio Hubble en 2017. FOTO: ESA/Hubble & NASA
    Una nube molecular tomada por el telescopio Hubble en 2017. FOTO: ESA/Hubble & NASA
EFE | Publicado el 20 de septiembre de 2022

Hasta ahora solo se han observado dos grandes cuerpos procedentes de fuera del sistema solar. Pero, un estudio apunta que un 1 % de los objetos que impactan contra la Tierra podría ser de origen interestelar, por lo que su presencia en nuestro vecindario cósmico sería más frecuente de lo que se creía.

Una investigación de científicos españoles, publicada por The Astronomical Journal y liderada por Eloy Peña Asensio, doctorando en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB, noreste de España) y el Instituto español de Ciencias del Espacio (IEEC-CSIC) analizó el origen de los cuerpos de un metro de diámetro que impactan nuestro planeta, a través de su órbita y composición.

La mayor proporción de pequeños asteroides que colisionan contra la Tierra, un 77 %, no son asociables a ningún cuerpo progenitor, “aquellos que llevan recorriendo el sistema solar durante decenas de miles de años y sus órbitas han perdido afinidad con los asteroides o cometas de los que proceden”, explicó a Efe el astrofísico Josep Maria Trigo Rodríguez, colíder del artículo.

Pero, a diferencia de lo que se pensaba, no todos son casos esporádicos, agregó el Investigador del Instituto de Ciencias del Espacio del CSIC y del Instituto de Estudios Espaciales de Cataluña.

El equipo estudió la base de datos de bolas de fuego del Centro de Estudios de Objetos próximos a la Tierra (CNEOS) de la NASA-JPL para inferir el origen dinámico de estos bólidos producidos por el impacto de proyectiles métricos contra nuestra atmósfera.

La base contaba con 887 eventos registrados desde 1988, pero solo 255 contenían datos suficientes (fecha, longitud, latitud, altura y vector de velocidad) para reconstruir su órbita. El grupo empleó sistemas de supercomputación para contemplar todas las posibilidades orbitales de esos objetos que anualmente llegan a la Tierra.

Los datos señalaron que al menos el 16 % de los eventos podía pertenecer a enjambres de meteoroides, que son restos de asteroides y cometas que producen periódicamente lluvias de meteoros.

Alrededor del 4% probablemente estaban asociados a asteroides cercanos a la Tierra y otro tanto a cometas cercanos a nuestro planeta, algunos de ellos con múltiples asociaciones, señala el estudio.

Hasta hace pocos años no se conocían grandes cuerpos llegados a nuestra vecindad desde el espacio interestelar. El primero en detectarse fue Oumuamua, en 2017, y posteriormente, en 2020 se localizó el cometa 2I/Borisov.

Según el doctor Trigo, no se puede asegurar que ese 1 % de objetos de origen extrasolar que cae a la Tierra proceda de esos dos visitantes, “pero ciertamente podría ser que cuerpos similares sufriesen fragmentación en el medio interestelar o en su tránsito por sistemas planetarios a gran velocidad”.

En cuanto a la composición de esos cuerpos, inferida a partir de la energía radiada durante la ablación atmosférica, el 61,9 % podría ser de tipo rocoso o rocoso-hierro, el 35,7 % carbonáceo y el 2,4 % agregados frágiles.

El investigador Peña Asensio destacó la importancia de conocer su composición, ya que, dependiendo de las propiedades del material, su capacidad de penetración será mayor o menor y, con ello, su grado de peligrosidad.

“Por ejemplo, las grandes rocas metálicas o metalorrocosas pueden ser proyectiles mucho más eficientes y, por tanto, entrañar más riesgo. También permite inferir si su origen es asteroidal o cometario, dado que estos últimos, entre otras cosas, son mucho más frágiles”.

La Tierra es bombardeada anualmente por decenas de objetos, algunos de ellos de proporciones considerables. Los cuerpos más grandes pueden sobrevivir a la entrada atmosférica generando episodios como el ocurrido en Chelyabinsk (Rusia) en 2013, cuando un asteroide de 20 metros de diámetro estalló sobre el cielo y su onda expansiva causó lesiones a 1.500 personas.

Conocer la naturaleza y el origen de estos impactadores es de “vital importancia”, apuntó el estudio, para analizar el riesgo de impacto que suponen pequeños asteroides y cometas (la mayoría aún por descubrir) y, en última instancia, prevenir una posible catástrofe.

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