El encanto de las historias que vienen y van

Hola Galileanos!!

A raíz de la invitación de la División de Bibliotecas de la Universidad Nacional Sede Medellín para conversar un rato sobre astronomía, es imposible dejar pasar el momento de vida que aquello significa para dejar salir algunas ideas que de tanto en tanto encuentran espacio en mi cabeza.

Muchas veces he dicho que la ciencia tiene formas de contarse, de divulgarse y hacerse sentir, con la meta de que millares de personas logren captar un buen mensaje y unirse a las alegrías de un descubrimiento, de un desarrollo clave para la medicina o, en nuestro caso, de asuntos distantes del cielo y de la tierra que vemos y habitamos, con el fin de crearnos preguntas nuevas y avanzar en la gracia de la indagación permanente.

Por otro lado, y en alusión al nombre del Conversatorio (Las historias que la ciencia se pierde por dárselas de seria) es imposible negar la delicia que ha sido escribir este Blog con la tranquilidad de que las claridades conceptuales están bien definidas desde el principio, y que son los científicos quienes pueden y tienen el derecho y la capacidad argumentativa suficiente para entregar párrafos idóneos cuando se trata de contar técnica y juiciosamente los datos alusivos a los máximos avances de sus respectivas áreas de interés.

Entonces, historias
Me gustan las historias, las que me cuentan y las que me ocurren. En el mundo fascinante de la observación celeste, con instrumentos ópticos o sin ellos, las anécdotas de quienes llegan a la sintonía se vuelven lo más común y apasionante, pues cada persona tiene una manera muy distinta de ver la realidad, de entender un fenómeno celeste, de comprender lo que dicen los medios y, obviamente, también existen diferentísimas maneras de contar lo que vieron esos ojos, lo que les contaron en medio de una noche de asados o fiestas, o tal vez lo que leyeron en alguna revista o alcanzaron a entender en un programa de televisión.

Las historias, en suma, logran humanizar la observación astronómica que disfruto, y digo humanizar porque de ese modo me siento más unido al suelo que pisan mis pies, más conectado con las palabras y mucho más conectado con el escenario que, por años, me he propuesto crear: un universo lleno de personas motivadas a la exploración y la búsqueda, a la formulación de preguntas basadas en las ganas de aprender, de salir de una duda, de conocer un poco más de aquellas cosas evadidas por menos… un escenario en el que los actores de las historias comienzan sus relatos tras la dicha de ver un planeta, de cazar nuevas siluetas o sombras en la superficie lunar o de abrir los ojos con el máximo cuidado para comprobar que no, que no lo hemos visto todo y que sí hay muchas cosas listas para causarnos inmensas sorpresas y alegrías.

Historias de noches y estrellas, en la Nacional
Llegados a esta punto retomo lo de la conversada en la Universidad Nacional, pues esta será la primera ocasión en la que me atreva a dialogar con quienes quieran llegar al punto de encuentro, en la Biblioteca del Campus El Volador, en un escenario que respeto y valoro muchísimo, y al que me alegra inmensamente regresar. Hablaremos del Blog Galileanos, de la observación del cielo y de algunas historias que llevo en el bolsillo, más de algunas otras que muy seguramente llegarán a la mesa para dejarse atrapar por las palabras, incubar por los relatos y nacer al aire como imaginarios alados de gran belleza y colorido o, mejor, de gran resplandor para ser vistos más allá de las nubes, del aire y las ventanas de nuestra propia imaginación. A quienes puedan darse la pasada por la Nacional, lleguen y ahí compartimos algún relato. Será este miércoles 16 de agosto desde las 3:00 de la tarde.

Anexo, el flyer de invitación.

Conversatorio_UNAL

!Se vería di-vi-no en la sala!

Hola Galileanos!!

¿Cuántos de ustedes han visto telescopios como simples objetos decorativos?

Yo, personalmente, he visto muchos de esos artefactos en funciones totalmente distintas de las que motivaron su construcción. Los he visto como tendederos de ropa, como colgadores de collares y aderezos, como decoración de un set de televisión (bueno, ese estaba totalmente dañado) y, para sorpresa de todos, como atractivo especial para las visitas de la casa.

Los telescopios tienen una función particular, de la que muchos de nosotros resultamos enamorados, fascinados o atraídos, en beneficio de la observación del cielo, o del sol usando los filtros respectivos. De hecho, la tarea de selección y compra de un instrumento óptico pasa por la asesoría con amigos, con quienes creemos o sabemos expertos en la materia, y con las obvias consultas que deben hacerse en Internet con relación a parámetros clave como alcances, tipo de ópticas, accesorios, compatibilidad con cámaras fotográficas y facilidades de instalación y transporte, entre otros.

El portal español Casas Rurales nos ofrece esta hermosa foto de una casa llamada Casa Rural Cruz, en La Rioja, donde se anuncia una sala de estar con telescopio. Ahí lo ven.

¿Decoración?
Pues sí, pero con algunos matices que vale la pena identificar: Hace muchos años rodaron por miles las historias de personas que, de la noche a la mañana, resultaban llenos de billetes y se hacían a hermosas casas en diversos lugares de la geografía nacional. Algunos de ellos llegaron hasta varias librerías de la época (muchas, tristemente, ya extintas) y le decían al librero que les vendieran varios metros de libros para llenar igual distancia de paredes de una biblioteca.

- ¿Señor, todos esos metros de libros?
– Sí, esos, esos son los que necesito.
– ¿y qué tipo de libros quiere?
– Ah, puede ser de esos cafecitos, o mézclele colores para que quede mejor.
– ¿Y tiene algún tema en especial?
– No, ninguno. Me interesa que queden bien pispitos, del más grande al más chiquito, pero que encajen en la pared
– Y entonces, son todos esos metros de libros? ¿Está seguro?
– Sí, esa fue la medida que me dio el carpintero. !Ah! Y otra cosa: que no sean de más de una cuarta de alto.
– ¿Quiere que le ayude a elegir los libros de su colección?
– Nooooo, ¿cómo se le ocurre? Coja ahí los que quiera, me los empaca en cajitas y me los manda a la dirección que está en este papelito, y venga le pago de una vez.
– No señor, es que sin saber cuáles son los libros que le voy a mandar, no le puedo hacer la cuenta.
– Bueno pues, mándelos con la cuenta y allá le doy la plata al mensajero.
– Disculpe señor, y qué dice aquí en el papelito que me acaba de entregar? Es que no entiendo la segunda palabra.
– Yo tampoco. Eso lo escribió el carpintero esta mañana y yo no se leer.

Así, como con los libros, ocurrió muchas veces con los telescopios. Los dueños de decenas de fincas, casas con balcones y apartamentos de últimos pisos consiguieron expertos decoradores de interiores que recomendaron incluir un artefacto de observación celeste, bien por su apariencia curiosa y atractiva, o bien porque a muchos de ellos les pareció que si algún niño llegaba de visita, o habitaba la casa, el artefacto le sería de utilidad.

La cosa es que, con los telescopios, el pedido no podía ser por metros, sino por tamaños. Entonces, muchos decoradores, o personas que se creyeron tal cosa, encargaron telescopios grandecitos, de esos de tubos largos, y ojalá de los que tienen un telescopito más pequeño pegado a un lado. Incluso, en muchas ocasiones el pedido incluía las patas de madera, que se verían más bonitas que esas patas metálicas. También entraban en juego aspectos como el color del telescopio, y que no fuera a tener tapa porque lo mejor del aparato es que se vea el vidrio de afuera, cuando lo tenía, o el hueco ese del final del tubo porque un poquito hacia adentro esos aparatos tienen algo como una arañita que le da un toque muy interesante al objeto.

- ¿Y dónde se consigue un telescopio?
– En alguna papelería o tienda de hobbies, o toca traerlo del exterior
– ¿Y cuánto cuesta un aparato de esos?
– Los cobran según el tamaño, pero a veces se consiguen en tiendas de anticuario
– Y eso pa qué es que sirve?
– Con eso puede mirar la luna si quiere, pero es que va a quedar hermoso aquí en la sala
– Bueno pues, dele, compre la cosa esa. !Yo qué lunas ni qué carajos! Estrellas me tiene viendo usté con lo que me está cobrando por decorar esta casa. !Viejaaa! ¿Qué otra carajada querés comprar para que se lleven la lista completa? !Decí de una vez o me arrepiento de gastar este platal!

Y así, gritos más, cuentas menos, llegaron decenas de telescopios a los lugares antes mencionados. ¿Alguna vez los usaron para lo que fueron hechos? Pocas, la verdad. Algún intrépido tal vez quiso probar suerte en una noche de luna llena, intentando captar el satélite natural de la Tierra con algo de curiosidad, pero como jamás les enseñaron alguna cosa sobre la alineación del telescopio, el enfoque del mismo o la forma de ubicarlo con respecto al norte magnético, según la montura del artefacto, hasta ahí llegaron esas buenas intenciones y, de nuevo, el aparato regresó a sus funciones decorativas dentro del hogar.

En el cuarto del adolescente
!Estos son famosos! Decenas de telescopios llegaron a manos de niños y jóvenes como producto de algún antojo navideño, por regalo de tíos o abuelos, e incluso por premio especial de alguna cosa en el colegio del chicuelo. Esos telescopios, generalmente de bajas especificaciones, fueron usados al máximo en una o dos vacaciones, pero finalmente quedaron anclados a alguna pared, expuestos como trofeos de caza tras terminar un safari medieval, o armados con todo y trípode dentro de la habitación del susodicho personaje que, para sentir que le daba uso al juguetico, le cuelgan todas las mañanas la toalla mojada que quedó al final de la ducha diaria. !Hagan cuentas de lo que le ponen encima a ese telescopio cuando el personaje del asunto disfruta del fútbol con sus amigos!

En oficinas, también
Ya ven que sí. En algunas oficinas he visto telescopios. Algunas personas, en tono burlesco, dicen que los utilizan para visionar el futuro de la organización, o para ver más cerca las metas de llegada de los equipos comerciales… pero, en realidad, muchos espacios de trabajo cayeron en la idea de que un telescopio sirve como desestresante, como instrumento de relajación, y que como en las sedes de las grandes compañías globales hay hasta mesas de billar, hamacas o dispensadores ilimitados de dulces y bebidas, pues un telescopio sería más que adecuado para distraer un poco la mente de los trabajadores y causar, con ello, mejoras sustanciales en los indicadores de retención del talento.

Escéptico, me dirán algunos. Exagerado, los otros. Hagan memoria y de paso escriben los lugares en los que ustedes mismos han visto telescopios decorativos. Les garantizo que se van a sorprender, como aquella persona a quien le dijeron que el mejor telescopio para decorar su casa era uno que parecía de bronce, así, medio doradito pero más café que amarillo, y terminó pagando una fortuna por un telescopio solar que jamás ha sido apuntado al centro del astro rey.

¿Ya hizo la lista? ¿Usted tiene uno de esos en el cuarto de huéspedes? Y sí, cuenta también el que está archivado en el cuarto útil o en el de San Alejo.

No los conociera…

El aire, la terraza y la noche estrellada

Salida de la Luna Llena en el mes de Septiembre. La foto es de nuestro amigo Pedro Zuluaga, quien no se pierde la fiesta. El telescopio utilizado fue un Orión de 8 pulgadas, newtoniado, de nuestro amigo Jesús David Llano. Todos ponemos para esta fiesta del disfrute.

Salida de la Luna Llena en un mes de Septiembre. La foto es de nuestro amigo Pedro Zuluaga. El telescopio utilizado fue un Orión de 8 pulgadas, newtoniado, de nuestro amigo Jesús David Llano.

Hola Galileanos!!

Tal vez ustedes recuerden la historia del vecino, de un amigo, o la de ustedes mismos, con respecto a los famosos aires de las casas de antaño. El aire, o mejor dicho, el espacio disponible sobre los techos de las casas, fue uno de los grandes motores de la construcción local. Incluso, parece que aún hoy en día es un activo vital en decenas de residencias y negocios ubicados en algún rincón del villorrio que habitamos.

Este aire, entonces, es el protagonista de nuestra entrada. En muchos casos ese aire estuvo antecedido por techos con tejas de barro, sobre los cuales era imposible caminar sin causar más de un daño. Recuerdo, eso sí, que muchos de nuestros mayores retaban la firmeza del material de las pobres tejas cuando de cazar goteras se trataba. Creo que todos los abuelos hicieron curso de curanderos de goteos acuíferos en los techos de aquellas viejas viviendas, pues por su conocimiento, tacañería u obstinación (ustedes eligen) decenas de tejitas pasaron a mejor vida como consecuencia de los pasos pesados de algunas alpargatas, botas o zapatos de trabajo, recomendados por otro vecino o familiar, para soportar el andar saltando de los pies estrechos encima de aquellos cielos curtidos, dañados por el clima o repletos de mugre de los árboles vecinos, los nidos de los pájaros o los balones caídos de algún futbolista improvisado.

En las casas que carecían de aquellas tejas, y gozaban de la plancha de cemento, otro cantar se oía: Allí se hicieron infinitos sancochos y asados, fiestas de cumpleaños, celebraciones en honor a algún título futbolístico, habitaron decenas de perros cuidanderos de la casa y, como no, tantos primeros besos se dieron allí.

Y es que hay que aprovechar el asunto de los primeros besos para conectar nuestra pasión observadora del cielo. O no me digan pues que muchos de ustedes, amables lectores, no se las dieron de científicos locos o de seres interesantes, casi de otros planetas, echando el cuento de que desde la plancha se podrían ver maravillas inmensas en un cielo que sólo podría mirarse adecuadamente en medio de la noche, luego de haber amarrado al perro y llevando alguna chaqueta abrigadora para evadir el frío entre los dos observadores.

Las planchas de las casas, sin duda alguna, pueden considerarse como los primeros observatorios del cielo sobre nuestras cabezas. En mi caso, mi casa de infancia carecía de plancha, pero sí había un pequeño lugarcito en el tejado, en el que cabíamos mi papá y yo, al que se accedía con alguna escalera o andamio improvisado de asientos, por el techo de la ducha del baño principal. Allá estuvo instalada la antena de televisión (sí, claro, recuerden el cuento aquel de “gire a la derecha! Otro poquito! Ahí, ahí!!”) y, cuando mi pedido intenso de trepar al techo era pacientemente atendido, allí íbamos a dar mi padre y yo a intentar observar el Cometa Halley que, como he dicho antes, jamás pude pescar visualmente con mis propios ojos.

Ese lugar era mágico, fantástico!! Era mi observatorio personal y pude aprovecharlo algunas pocas veces, pues como les conté, la llegada al sitio resultaba tremendamente engorrosa. En esta parte de la historia recuerdo a quienes tenían la plancha a disposición, pues me los imaginaba cómodos y tranquilos trepados en esos lugares, mirando la salida de la luna, los eclipses nocturnos y tantas otras cosas que yo aprendí a mirar en las noches de la Medellín de los ochentas, que tantos otros recuerdos nos dejó a su paso.

La cámara en el telescopio. Esta, por fortuna, con los accesorios adecuados y muy buenas técnicas de captura de imágenes.

La cámara en el telescopio. Esta, por fortuna, con los accesorios adecuados y muy buenas técnicas de captura de imágenes.

Al fin, la modernidad
Lejos del barrio, de mi observatorio y de la posibilidad de las terrazas, planchas, lozas y demás, llegaron otros tiempos y cambiaron las oportunidades de observación. La modernidad llegó con los edificios de apartamentos, y el deseo de llegar hasta el último piso a ver si había forma de treparse allí y armar el pequeño observatorio en la zona que nadie ocupa. Entendí, con más tristeza que optimismo, el concepto de zona común, que casi nadie usa pero se cuida con empeño, y por el que decenas de vecinos están dispuestos a todo, con tal de que nadie la toque. Entendí, también, que miles de edificios carecen de terrazas en sus últimos pisos, en tanto los apartamentos ubicados en esos niveles ocupan toda el área con sus propias comodidades o, simplemente, con sus necesarios tejados.

Así las cosas, la observación se desplazó a alguna finquita, al hallazgo de algún sitio adecuado en medio de una zonita verde, o a las viejas terrazas del Planetario -del que prefiero no hacer nostalgias por ahora- dejando, en suma, el disfrute de la observación celeste para uno que otro fin de semana.

En aras de la misma modernidad los urbanos observadores del cielo nos dimos de creativos y comenzamos la búsqueda de algún sitio inexplorado, extraño, de reciente construcción o del que, al menos, alguien tuviera las llaves de acceso o alguna buena influencia con el portero del edificio, que a escondidas o por lo muy buena gente, nos prestara las llaves de la tan protegida y atesorada zona común a la que los vecinos de la junta se empeñan en jamás usar.

Así, entonces, algunos de nosotros conseguimos lugares privilegiados, en los que sí se podía evadir parcialmente la luz de las calles y poner el telescopio en beneficio de la luna en cualquiera de sus fases, de los citados eclipses y de los primeros intentos de capturas fotográficas, pegando alguna cámara de mano al ocular del telescopio. Personalmente hice muchas fotos de esas, y aquí les dejo una que otra.

Creativos, creativos…
Antes de cerrar el post les cuento que muchas personas, en todo el mundo, desconocen el concepto de aire del que aquí hablamos al inicio. Otras economías, otras oportunidades o necesidades causan diversos niveles de creatividad, capaces de instalar, por ejemplo, telescopios con sistemas de control remoto accionados vía Internet, tal como el Observatorio de la Universidad Sergio Arboleda, en Bogotá, que bajo ciertas condiciones permite mirar el cielo con acceso a magníficos equipos ópticos sin importar el lugar del mundo en el que estemos. También, en muchos casos, entidades públicas construyen pequeñas estructuras en las que podemos pararnos tranquilamente e instalar allí nuestros telescopios, propiciando el disfrute de las maravillas del cielo sobre nuestras cabezas. Incluso, en decenas de países alrededor del orbe, incontables gobiernos ya regularon la cantidad de luz que alumbra las calles con el fin de reducir el consumo de la energía eléctrica que podría desperdiciarse en el uso del alumbrado público y, principalmente, establecieron condiciones propicias para reducir el exceso de luz artificial que producimos, dando paso a un cielo más oscuro, fácil de observar y recuperado para todos, como el patrimonio natural que nos entrega la madre naturaleza.

Creativos, entonces, los centros de investigación, los gobiernos, los divulgadores de la ciencia y nosotros mismos, observadores ocasionales, quienes debemos idear el mejor recurso disponible para conseguir un buen rato de cielo, de diálogos o encuentros cercanos del mejor tipo, incluyendo aquel que antes mencioné, con el viejo romanticismo de quienes por primera vez, en alguna terracita, tomábamos la mano de quien nos gustaba tanto, con la ilusión de nunca soltarla, mientras la mano libre señalaba en el cielo la forma imaginaria de alguna constelación.

Compañera de la lluvia

Suramerica

Hola Galileanos!!

Con título prestado, el mismo de una de las más bellas canciones del Grupo Suramérica, comienzo esta entrada porque por estos días, cuando el tiempo de vacaciones vislumbra largas y oportunas jornadas de observación celeste, llegan sorpresas o encuentros de aquellos con los que, en ocasiones, jamás imaginamos tener contacto alguno.

Y el primero de ellos es, cómo no, el de la lluvia. Decenas de veces he vivido la experiencia de disfrutar días enteros con climas geniales, cielos claros y despejados, y las mejores proyecciones de observación del cielo que se puedan imaginar. Hasta ahí, todo perfecto, pero cuando menos lo imaginas el cielo se nubla, el gris de las nubes cargadas de agua deja ver sus enormes dimensiones y, aún peor, descarga sus infinitas gotas en la superficie terrestre, de la que hay que sacar corriendo todos los pertrechos que teníamos dispuestos para la observación.

Aquí vale la pena recordar algunos elementos clave cuando tenemos la idea de mirar el cielo, pues muchas veces pensamos que con sólo salir al campo, cargar binoculares o telescopios y seguir la carta celeste ya será suficiente.

La carpa
- !Exagerado!
- !Yo se por qué te lo digo!

Una magnífica noche de enero, hace ya varios años, tuve la fortuna de asistir a un evento de observación astronómica en el Recinto Quirama. Allí, decenas de entusiastas llevamos a cuestas nuestros anhelos de observación, acompañados de telescopios, equipos de apoyo y toda clase de accesorios, incluyendo tabletas, computadores portátiles y gran diversidad de cartas celestes. En términos generales la observación iba de maravilla, hasta cuando algunas gotas comenzaron a caer del cielo que tan maravillosamente observábamos. Al instante, la reacción de casi todos los presentes fue buscar refugio, con todo y equipos a cuestas, en medio del tremendo caos que supone semejante situación. Apenas algunos exagerados habíamos llevado carpa de camping, de modo que para nosotros fue mucho más fácil proteger nuestros equipos y los de quienes alcanzaron espacio en el pequeño habitáculo del sitio.

La ropa
Sí, esa también debe tener algunas previsiones. Imagínense los tenis o las sandalias de quienes corrieron a buscar el primer techo que hallaron, cuando el mismo aguacero comenzó a caer (y corriendo sobre manguita húmeda). En las noches, aunque suene más que obvio, la temperatura se reduce y la humedad es más fuerte, por lo que son recomendables las botas de campo o de alta resistencia, los pantalones gruesos y las chaquetas, además de gorros y guantes, cuando se opta por lugares de clima frío. Los telescopios, para quienes los emplean, también deben vestirse, pues el rocío o la escarcha impregnan los tubos ópticos y crean condiciones de humedad que resultan ideales para la incubación de hongos o la aparición de manchas en la óptica que, por demás, impiden mantener un buen ritmo de observación, especialmente cuando el clima permite disfrutar el cielo al máximo posible.

Alimentos y bebidas
Lleven algo de mecato, de sal y de dulce, y ojalá alguna bebida caliente en un termito. Es que a veces escucho expresiones tan graciosas, para mi, como aquella frase de quien afirmaba no saber si las estrellas que decía estar observando eran realmente objetos estelares, o ilusiones causadas por el vacío que a esas horas tenía en el estómago. Pa qué, pero le doy la razón. Es que eso de comenzar observación a las 5:00 de la tarde y terminarla con los primeros rayos de la mañana pega duro, muy duro al aguante digestivo, más que a la paciencia. Recuerden que la astronomía y el hambre son muy poco compatibles.

Y, finalmente, la canción
Es que no puedo dejar volando el título prestado, del que les hablaba al comienzo. La nostalgia, los recuerdos y las ilusiones pendientes de rumiar son excelentes compañías en las largas noches de observación celeste. Pocas veces hay alguien que pueda estar al lado, en la delicia de observar el cielo, en la misma sintonía del astrónomo aficionado por horas y horas, en medio del frío y la soledad de la noche. Si la observación tiene fines científicos o académicos tal vez haya más quórum y hasta turnos de guardia previamente asignados. Sin embargo, y como en este Blog hablamos de observación recreativa, es muy común que clasifiquen en este rango aquellos aficionados a quienes les toca vivir en solitario su experiencia, pues ya se imaginarán lo complicado que resulta mantenerse despierto en el ambiente de una finca, o del último piso de alguna casa o de un apartamento.

La soledad del observador es algo propio de muchos amigos, a quienes la oscuridad de cada noche les permite dejar salir todo aquello que los días impiden, las redes ignoran y los demás desconocen. Incluso, en muchos casos, aquella soledad con la mano puesta en el telescopio se convierte en un disfrute, en un espacio propicio para dejar volar la mente hacia destinos cada vez mejor imaginados, más agudos o paradisíacos; existenciales y de gran calado.

Discrepo de quienes atacan la sensación de soledad porque, como ven, hay muchas maneras de usarla en beneficio del solaz del corazón y de la mente que quiere darse un momento de calma, de hacer uso de la famosa “nothing box” que, dicen, tenemos los hombres y de la que carecen las mujeres (ahí les queda el enlace al fragmento de una conferencia del Padre Ángel Espinosa, hablando del asunto) y, por si fuera poco, ayuda muchísimo a quienes, como yo, necesitamos de pequeños (o grandes) espacios de tiempo para dejar volar la cabeza y permitir que la mente se haga creativa, recursiva y capaz de hallar soluciones y respuestas a todo aquello que llega diariamente a gastar neuronas, a veces, con mucha prisa y poca importancia.

SuramericaLa foto que adjunto pertenece a la contracarátula de uno de los LP de Suramérica, en el que se incluyó la canción a la que alude el título del Post. Miles de veces escuché este disco, esas canciones y sus letras, y me sostengo públicamente en el tema de conversación que muy en privado sostuve muchas veces con algunos amigos: siempre me han sonado mejor las composiciones propias del Grupo que las versiones tomadas de otros artistas. En fin, que cada quien se haga sus propias opiniones y las defienda o exponga en el sitio que prefiera. Aquí, regresando al hilo de la historia, me concentro en el recuerdo, la nostalgia y la alegría de tener en mente a esa Compañera de la Lluvia de Juan Guillermo Berdugo, una letra fascinante y una interpretación que me quedó grabada en la piel, luego de muchas audiciones y de varios conciertos, todos ellos nocturnos, a veces con luna, otras tantas sin ella, pero siempre acompañando los recuerdos y las nostalgias.

En las observaciones celestes, como ya he dicho, hace falta prever algunos elementos de ayuda, de alimentación y confort, pero también se valen las canciones y las lecturas de compañía, aquellas que permiten tomar un descanso en medio de la noche porque las condiciones cambiaron, porque algo de nubes obliga la pausa o porque, simplemente, nuestra carpa, nuestro telescopio y aquellas ganas de observar el cielo por horas sin pausa terminaron, como en la letra de la canción, recordando que

“uno no cree
que alguien parta tan lejos
en el tiempo, tiempo que se fue
con tantos momentos”.

“Publicado el 4 feb. 2014 / Concierto de celebración de los 37 años del Grupo Suramérica junto al cantautor argentino Raly Barrionuevo. Plazoleta Nueva Villa de Aburra, Agosto de 2013.” Tomado de Youtube

¿Te acordás?

Hola Galileanos!!

¿Cómo están de memoria por estos días? Se los pregunto porque muchos de nosotros tenemos cosas tan bien guardadas, que en muchos casos olvidamos hasta el sitio que destinamos para archivarlas, y con eso me refiero a libros, discos, revistas y, como no, telescopios.

Y es que hace algunos días, revisando viejas publicaciones en este Blog, encontré referencias a los Galileoscopios, unos pequeños artefactos plásticos que aún hoy se fabrican y que no pasan de los 25 dólares. Esos, los pequeños telescopios, fueron diseñados en 2009 como uno de los hitos importantes en la celebración del Año Internacional de la Astronomía, al que le debemos muchos proyectos, algunas iniciativas y otras tantas actividades que tuvieron lugar en el planeta. Incluso, algunas de ellas tuvieron lugar en Colombia, pero eso será tema para otra ocasión.

Aún se pueden comprar Galileoscopios. Incluso, una nueva versión incluye filtro solar para ver un eclipse de nuestra estrella principal. Sin duda, valdría la pena comprar muchos de estos.

El caso es que aquellos telescopios, réplicas modernas del perfeccionado por Galileo Galilei, permiten observar con algún detalle los objetos celestes que detectamos más fácilmente, como la luna, los planetas observables y algunos cúmulos, varias nebulosas y hasta uno que otro cometa que se deje capturar.

Personalmente pienso que todos los colegios del mundo deberían entregarle a sus estudiantes un Galileoscopio. Es un aparato tan sencillo, barato y fácil de usar, que sin duda sería un excelente insumo para las clases de ciencias, pero también para motivar la curiosidad, la necesidad humana de la exploración, el deseo inagotable de agarrar objetos extraños en las manos y usarlos a voluntad, así sea para dejarlos caer al suelo y sentir que algo valioso perdió su función.

Hay que decir, a favor del artefacto en mención, que por ser de plástico y tan fácil de usar, ofrece cierta resistencia que jamás entregaría un telescopio convencional, lleno de piezas delicadas y espejos que se pueden fracturar con el menor descuido.

¿Y lo de la memoria?
Orden! Como dicen los jueces en las películas. Me fui de largo con lo de los Galileoscopios porque en 2009 logramos traer unas 6 cajas, cada una con 6 de estos artefactos, y es posible que muchas personas, de quienes compraron uno de estos, hoy no tengan idea de dónde quedó el juguetico. Claro, nada trascendente o de alta gravedad si ponemos el olvido en el escenario de los costos, pues al cambio de hoy 25 dólares no llegan a $75.000 pesos, un costo bajísimo para un olvido tecnológico, pero, ¿acaso recuerdan ustedes donde quedó el telescopio ese, el grande, el que el abuelo tenía guardado en un cuarto de la casa, que era metálico, con unos espejos grandes y un trípode de madera? ¿O recuerdan acaso de qué color era el telescopio que le compraron al niño de la casa en alguna navidad, porque aquel año ese fue el antojo del infante del hogar?

Decenas de telescopios y binoculares están perdidos en casas, apartamentos y fincas, ocupando espacios y ganando polvo, moho y otras variedades de hongos, durmiendo el sueño de los justos porque ya no recordamos qué se hizo, dónde lo guardaron o en cuál trasteo se perdió.

Ellos, los telescopios, fueron diseñados y construidos con el fin de acercar nuestros ojos a lo que no alcanzamos a ver bien. Sus ópticas, espejos y trípodes encajaron perfectamente en ecuaciones calculadas específicamente con el fin de ajustar cada detalle, mecanismo y elemento a las necesidades más comunes de observación celeste que podemos tener los humanos corrientes, pues a quienes dedican sus vidas, profesionalmente hablando, a observaciones y estudios más detallados, este tipo de ayudas ópticas van creando muchos rezagos y se les hace necesario integrarse a tecnologías mucho más avanzadas y poderosas que, por ahora, no son objeto de nuestro interés.

Así las cosas regresamos al asunto de la memoria y de los recuerdos:

  • viejo, ¿te acordás dónde fue que guardamos el telescopio ese que le regalamos a Juanjo cuando estaba chiquito?
  • JUM! Ni idea!
  • ese que estaba en una caja de cartón, todavía con las marcas del almacén…
  • no, nada. Yo me acuerdo que eso costó mucha plata y que fue un camello traerlo a la casa sin que Juanjo se diera cuenta, y me acuerdo que casi nos sacamos un ojo para armar eso.
  • pues sí, sí me acuerdo de todo eso, pero ¿dónde quedó?
  • pues debe estar con tu blusita negra, y con el regalo que compramos para la tía Lucía, que jamás apareció!
  • ¿será?
  • preguntale a Juanjo a ver si él se acuerda
  • ese qué se va a acordar, !si desde que anda con esa niña se la pasa viendo estrellas!
  • vieja, y entonces, si anda viendo estrellas, ¿para qué querés rescatarle el telescopio?

Ahí estamos pintados…

¿Soberbia o arrogancia? Venga le cuento

sol

Fotografía del Sol, tomada por mi amigo Juan Felipe Henao

Hola Galileanos!!

¿Se siente muy grande, invencible y poderoso?
¿Ve a los demás como seres miserables a los que puede despreciar?
¿Tiene usted una gran camioneta y le provoca pasar por encima de todos esos carros con pinta de zapaticos de bebé?

La condición humana permite que alcancemos, en muchas ocasiones, un estado de arrogancia, soberbia y engrandecimiento con el que salen a flote algunas de las peores expresiones, reprochables gestos y lamentables actitudes con las que hacemos, consciente o inconscientemente, mucho daño a quienes nos rodean.

Y traigo el tema a colación en este Blog porque, para quienes amamos la observación del cielo, aquello de la soberbia y la arrogancia pasó al último plano desde hace años. Ah! Y si acaso conocen científicos con ínfulas, astrónomos creídos o astrofísicos auto endiosados, es mejor que les revisen con cuidado las cosas que dicen o hacen, no sea que anden por ahí cultivando egos en lugar de hacer ciencia y dejarse tocar por las maravillas aún inexploradas del universo.

¿Y eso que tiene que ver?
Mucho! La astronomía se basa en la observación, en infinidad de cálculos matemáticos y en el uso del método científico, que poco o nada se usa en las redes sociales actuales. Pero, bueno, esa es harina de otro costal. En el caso que nos ocupa, y para ponerlo en la dimensión del simple aficionado, como yo, es evidente la sorpresa de apreciar al telescopio un cuerpo como Júpiter, con sus lunas más visibles y con la evidencia de sus dimensiones espectaculares. Al verlo por primera vez, la reacción obligada que tuve fue la de ir a buscar información detallada sobre sus medidas, características y condiciones históricas, tanto desde la mitología griega como desde la egipcia, por apenas mencionar algunos aspectos básicos.

En otro escenario, quien jamás ha visto en vivo y en directo un planeta como ese dirá que es la octava maravilla, que de eso le hablaron en el colegio pero jamás se lo mostraron, que eso tan grande cómo es que se ve tan chiquito con ese telescopio… y comenzamos la carrera por conseguir el ocular más potente, el barlow más afinado, el telescopio de mayor diámetro y, casi sin querer queriendo, como bien diría el Chavo del Ocho, comenzamos a parecernos a esos pescadores que no agarran sino un resfriado, pero juran haber atrapado un pez del tamaño de ellos mismos.

Y entonces, vamos llegando
Sí, aquí es cuando vamos llegando a esto de la humildad y la sensatez, esa que tanto necesitamos en la vida diaria. Cuando tienes el ojo en el ocular del telescopio y aprecias a Júpiter, a Saturno y sus anillos, a Marte, a Venus, la Nebulosa de Orión… en fin, todo lo que podemos ver con alguna de estas ayudas ópticas, es cuando aparecen las inevitables reflexiones de quien mira lo desconocido con mucha desprevención y sorpresa:

- Eso es así de grande?
– Si, y tal vez un poquito más
– ¿y cuántas veces cabe la Tierra en ese planeta?
– Muchas, como setenta y tantas…
– ¿y entonces hay estrellas más grandes y poderosas que este Sol?
– Uuuuuuuffff!! Muchísimas!! Hay estrellas tan grandes que dentro de ellas caben muuuchos soles como el nuestro.
– ¿Y entonces, con tanto calor, como es que no nos quemamos?
– Ah, es que en eso intervienen la gravedad, la distancia, la composición del núcleo de la tierra….

Y las preguntas, entonces, se hacen infinitas, en torno a esos temas que siempre estuvieron junto a nosotros y que jamás exploramos, apreciamos, vivimos o sentimos. Tenemos un universo totalmente desconocido más allá de la punta de nuestras narices, y apenas si nos damos cuenta de eso.

En cambio, sí somos muy buenos para ver la paja en el ojo ajeno ignorando la viga en el propio; nos volvimos expertos en señalar los errores de los gobiernos y las metidas de patas de los otros, descuidando por completo lo que somos, lo que actuamos y decimos. Creamos parámetros de medida y comparación tan artificiales, tan supérfluos y banales, que las medidas y objetos del universo se hacen cargo de tirar por tierra todas esas falacias, dejando sobre la mesa esas preguntas que desde niños nos dan vueltas y vueltas y, de paso, nos despiertan al máximo las curiosidades con las que abrimos los ojos por primera vez, y que a pesar de los años carecen de respuestas.

Al final del ejercicio, de cada observación o relato asociado con las ciencias del espacio, resulta inevitable que alguien llegue a tu lado y te suelte la típica, sincera, honesta, sorpresiva y alucinante frase que resume lo que, ante las inmensas dimensiones del universo, nos formulamos los ínfimos y pequeñitos seres humanos:

“!Es que no somos nada!”

Bryan May: doctor y caballero después de Queen

Bryan May

Bryan May (2013) Foto tomada de Wikipedia, con derechos de uso libre by Creative Commons

Hola Galileanos!!
La humanidad de carne y hueso, que parece tan distinta a la de las redes sociales, tiene historias un tanto difíciles de creer. Esta que les voy a compartir es una de aquellas, en las que algo de mi propia historia pudo reflejarse al analizar algunos textos y planear la redacción de la entrada. “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, !Ay Dios!”, tal como dice Rubén Blades.

Entrando en materia, nuestro personaje de hoy es el señor Bryan May o, mejor dicho, Sir Bryan Harold May, Comendador de la Orden del Imperio Británico desde el año 2005, en reconocimiento a sus servicios a la industria de la música. A secas, muchos de nosotros no tenemos ni la menor idea de quién es este señor, pero al mencionar que fue el fundador de Queen, con todo y Freddie Mercury a bordo, las caras cambian y el interés aumenta.

Sir May
¿Cómo es que un músico se convierte en Caballero del Imperio Británico? Algunos críticos dirán que tras la fundación de Queen (asunto del que no hablaremos aquí), y del rotundo éxito mundial del Grupo, un gobierno como el británico recompensa a sus connacionales con títulos honoríficos, cosas que afortunada, o desafortunadamente, no tenemos por estas latitudes. Otros, en cambio, afirmarán que se trata de un justo y merecido reconocimiento por su trabajo como compositor, guitarrista, baterista y otros cargos propios de las típicas tareas del diario vivir de un grupo musical. En cualquier caso, felicidades al señor May, que por uno u otro motivo parece tener muy merecido su título honorífico a cuestas, colgado en la pared o guardado en un cajón.

Sin embargo, lo que nos atrae desde este Blog es la otra cara de May. Desde niño tuvo conexión directa con asuntos de aviación, pues su padre era piloto de la Real Fuerza Aérea en la Segunda Guerra Mundial, y su madre era parte de la Real Fuerza Aérea para Mujeres (Women’s Royal Air Force, en caso de que la expresión en inglés sea mejor que la traducción). En ese ambiente, al pequeño May le interesó la astronomía, a la que se dedicó desde muy niño con fuerza y disciplina, hasta graduarse como Licenciado en Física y Astronomía en el Imperial College de Londres en 1968.

Digamos que hasta ahí la cosa iba muy tranquila en la ruta de vida de nuestro personaje. Sin embargo, un viejo ukulele del papá, que sonaba bastante bien en casa cuando el jefe de hogar lo interpretaba, ya había sembrado un gusto especial por la música en la cabeza de este joven inquieto, que más temprano que tarde armó un grupo en la universidad, con el que no hizo mucho, para seguir luego con el que sería uno de los más emblemáticos grupos musicales de la historia.

En fin, que la historia de Queen cada quien la conoce desde su perspectiva y aquí no tengo nada para aportar en la materia. La astrofísica, que es el tema que me interesa, se fue quedando en el tintero, pues muy seguramente aquello de andar componiendo canciones, dando conciertos y compartiendo escenarios con un imborrable Freddie Mercury, no dejaba tiempo para nada más.

Poco más de 30 años después…
Y llegamos al punto que más me atrae: muerto Mercury, extinto Queen y todas las demás variables que la historia de la música nos puede contar, May regresó a terminar lo que desde los 70 había quedado pendiente, tras obtener su licenciatura y hacer un par de publicaciones científicas en las muy respetadas Nature y en la Revista de la Real Sociedad Astronómica Inglesa. ¿Su tema? El reflejo de la luz del polvo interplanetario en el Sistema Solar. ¿Su tesis? An Investigation of Motion of Zodiacal Dust Particles (Investigación sobre el movimiento de las partículas de polvo zodiacal, aunque en otras fuentes aparece como Motions of Interplanetary Dust, es decir, Movimientos del Polvo Interplanetario), que toma como base las observaciones realizadas por él mismo en el Observatorio del Teide (en las Islas Canarias), en algún momento entre los años 1971 y 1972.

Tweet y foto de la NASA con Bryan May.

Más de 30 años después!! A muchas de nuestras universidades les parece aterrador e imposible que hablemos, escribamos o pensemos asuntos académicos luego de 4 ó 5 años y nos obligan a tomar nuevos cursos de lo mismo, dictados muchas veces por las mismas personas y tocando casi siempre los mismos temas… en fin, esa es la vida y así son nuestros entornos universitarios. May no tuvo que pasar por esa historia: Se acabó Queen y toda su parafernalia, ya hubo tiempo, la astrofísica estaba pendiente y listo, el hombre regresó a la Universidad a terminar lo iniciado.

Así, este músico brillante obtuvo su Phd en el año 2007, y poco más tarde le estaba dando una mano al equipo NASA encargado de mirar los datos llegados desde Plutón y enviados por la sonda New Horizons (aquí una rueda de prensa que vale la pena ver), con el fin de dar claves, pistas e interpretaciones que resultaron indispensables para los científicos a cargo del proyecto.

Admiración
Yo no se ustedes, pero esto de que una persona se guarde su pasión por tantos años, mientras estuvo ejerciendo la otra con tantos méritos y destreza, me parece francamente admirable. Ya hay personas escribiendo en las redes sociales, exigiendo un premio Nobel de física para Bryan. Los argumentos científicos, como es de esperarse, tienen solidez técnica y despiertan toda la aceptación posible de quienes reciben esos comentarios vía social media. Sin embargo, y como bien sabemos, una cosa piensa el burro y otra el que lo está enjalmando, así ha sido, y así seguirá siendo, de manera que lo del Nobel, al menos en esta materia, tendrá que esperar.

Y la del cierre, www.savemetrust.org
Personajes como Bryan May no dejan de sorprender. Tras ganarse el respeto mundial como músico, ser reconocido como astrofísico y aportar su conocimiento en la misión NASA antes mencionada, el hombre priorizó la causa animalista desde el año 2009, mediante una ONG llamada Save Me Trust, centrada en la protección del zorro y del tejón en sus ambientes silvestres. La web se puede visitar clickeando aquí, y sin duda me sorprende porque a muchos de nosotros nos critican el hecho de cambiar de proyecto de vida, de prioridades o de ideas de base, mientras personas como May lo hacen increíblemente bien, con evidente éxito y apabullante sencillez, humildad y serenidad. Dirán ustedes que tanto adjetivo algo esconde pero, en realidad, me gusta reconocerle a cada persona lo que hace, logra y se merece, y pienso que la música, la astrofísica y los animales silvestres tienen en este único personaje a un claro ejemplo de ser humano de carne y hueso reales (no como los de las redes sociales), ejerciendo la vida con plena validez y seriedad, viviendo cada día conectado con el mundo real y no con el de la imaginación, los memes y las bromas que tanto divierten, aunque muy poco aportan al desarrollo real y sostenible de la humanidad.

He dicho!!

La luna de Gonzalo Arango

Llegada del hombre a la Luna, el 20 de julio de 1969 (Foto NASA)

Hola Galileanos!!

En la exploración de miradas diversas con respecto a lo que muchos de nosotros hemos visto, leído y escuchado con respecto a los cuerpos celestes, y con relación a la astronomía en general, hallamos cosas curiosas, llamativas, útiles y oportunas, como también, de vez en cuando, encontramos asuntos completamente fuera de lo que podríamos llamar “común”.

Gonzalo Arango”Fotografía cortesía de Juan Carlos Vélez Escobar, quien la utilizó en la portada de su libro Gonzalo Arango – Pensamiento Vivo.” Texto y foto tomados de la página oficial de Gonzalo Arango.

Gonzalo Arango (1931-1976) fue uno de esos personajes que, sin duda, pensó en la luna como un objeto tan disímil como tantos otros que pasaron por su mente. En tiempos del cuarto creciente, y de variaciones importantes en el comportamiento del clima local, el interés que tenemos por seguir de cerca los movimientos de la luna y cada una de sus fases jamás pasa desapercibido. Para “El Profeta”, todas estas cosas tampoco pasaban de largo, y se quedaban presentes en su memoria, dejándolas por escrito en algunos de sus textos.

Así, por ejemplo, su “Poema Tristísimo” menciona a la luna al final del texto, tal vez como un olvido, tal vez como un recuerdo:

Poema tristísimo

Si muero
te invito al sol
alma mía
y no olvides
llevar tu cuerpo

Sufriremos felices
y juntos seremos
carne de luz
en la memoria de Dios

Y si no hay Dios
lo mismo da

Recordaremos el sol
que tanto nos gustaba
allá en Cali Colombia
Nuevo Mundo ¿Recuerdas?

¿O era en la luna?
¡Lo olvidé!

Fuente: Obra negra. Santa Fe de Bogotá, Plaza & Janés, primera edición en Colombia, abril de 1993

El alunizaje
Aunque soy fiel amante y seguidor de la literatura nadaísta desde el octavo grado del colegio (gracias al profe Dario Cano, que cumplía labores docentes en el área de lengua castellana, tanto en mi Colegio, el Instituto San Carlos, como en el Colegio Salesiano El Sufragio, en el barrio Boston), y de que cada tanto tiempo me sorprende algún nuevo texto de toda clase de temas con alusiones directas al mismo satélite natural, siento que la visión de Gonzalo Arango refleja muchas de las emociones de momentos tan críticos como el primer alunizaje humano en el cuerpo Selenita, el 20 de julio de 1969.

Y digo lo de las emociones encontradas porque, para la ciencia y los científicos, es innegable que se trataba de uno de los acontecimientos más importantes en la historia de la humanidad. La llegada del hombre a la luna marcaba un antes y un después en decenas de situaciones y escenarios, pasando por los militares, los políticos, los puramente científicos y, naturalmente, también causó sus efectos en los asuntos literarios.

Y es que, sin duda, la luna es y será una fuente nativa de inspiración, por lo que algunos poetas de la época escribieron infinidad de líneas con toda clase de alusiones a la hazaña de la NASA en aquella fecha memorable. Algunos de aquellos escritos lamentaban que un ser humano, tan impoluto y poco digno de Selene, la luz de los sueños, hubiese sido pisoteada por un humano indolente que dejó sin gracia la prosa y el verso, por el simple hecho de pisar suelo lunar, caminar sobre el y tomar muestras de uno de los tesoros literarios más adorados de la historia.

En este sentido, recuerdo haber leído un texto en un periódico de circulación nacional (en mis tiempos escolares), del que lamento no recordar el nombre. Se que recorté la página porque, al leer con detalle, encontré un texto de Gonzalo Arango (que jamás he logrado volver a ver, aún ni con la ayuda de Google), en el que El Profeta se quejaba del exabrupto lamentable cometido por la NASA (en su Apolo 11)  y por Armstrong al haber dañado la pureza de la luna, reduciéndola a un simple objeto científico en el que una nave espacial había posado sus cohetes.

Así las cosas, y sin hallar aún el texto que recuerdo en mi memoria, les anexo otro más, un tanto distinto, en el que Arango pone su particular forma de pensar y expresarse al aludir a lo sucedido aquel 20 de julio de 1969.Con respecto al título del poema, he hallado varias versiones del mismo, y este parece ser el más aceptado). Ustedes dirán:

Para eterna memoria

Según estaba previsto por
los computadores de la Nasa,
Siendo exactamente las 20:19
(Greenwich MeanTime)
en el Centro Espacial de Houston,
el selenauta Neil Armstrong
abrió la escotilla del “Lunar Module”,
descendió uno a uno, lentamente…
los nueve peldaños de la escalerilla
y puso pie en la Luna
a 330.000 kilómetros de su casa.
Era un momento eterno, ¡aterrador!
En una mano empuñaba la bandera
de su Patria. ¡El Colón de la Luna!
Lo embargaba una emoción tan tremenda
que no pudo evitarlo y soltó un pedo.
En la majestad del silencio selenita
delató la presencia del hombre en la Luna.
Aunque el incidente no estaba previsto
en el riguroso programa espacial,
pasará a la historia.
Fue un pedo sublime.
¡Nadie lo niega!

Gonzalo Arango

* Hallado en este blog (click)

Algunos enlaces:

 

La luna de Wilfrido

Cntra carátula del LP “La Medicina”, de Wilfrido Vargas (1986). Imagen publicada por el Portal Altervista

Sin duda, una de las lunas más célebres y famosas de los años 80 fue la canción de Wilfrido Vargas, “El loco y la luna”. Y es que por muchos meses, e incluso años, esa pieza del repertorio musical dominicano, en clave de merengue para fiesta de garaje, fue para muchos la primera oportunidad de acercarse a la luna llena en medio de una noche de celebraciones.

Y no era para menos. La luna llena, la misma que todos hemos usado para sentirnos más enamorados, llenos de dicha y esperanza, sigue acaparando la atención irrestricta de los románticos, aún de los más ilusos, pues nunca han faltado los poetas que quieren dejar sus versos adheridos al satélite natural de la Tierra, en un ciclo interminable del que jamás hemos detectado el principio, y muy seguramente jamás hallaremos el fin.

“Dime tú si ella me quiere”
Yo recuerdo expresamente la época de los años 1985 a 1986. En mi caso particular, estaba en el paso de la primaria a la secundaria escolar, y fue ese año, el 86, en el que sentí que me enamoraba por primera vez. Ella, claro, no tenía la menor idea de lo que pasaba por mi explosión emocional pre adolescente, pero sin duda fue la canción de Wilfrido la que me animó a decirle en uno de los ya mencionados bailes de garaje: “¿bailamos esta?”

Y claro, queridos lectores. Recordarán ustedes (los de mi generación, claro), que esas canciones eran la dicha, porque no había que ser experto en baile y danza, y mucho menos haber practicado grandes pasos en academias o escuelas especializadas. Las vueltas eran lo único necesario, junto con el pasito de levante y caiga de un lado para el otro, que por fortuna aún hoy en día sigue vigente.

¿Y la carátula del disco?
No, Galileanos, no la busquen mucho. La que yo conozco le pertenece a un LP de Wilfrido llamado “La Medicina”, y que llegó a mis manos gracias a la generosidad de mi papá, en épocas navideñas. Debo decir que aún conservo ese LP, así lleve muchos años guardado y sin uso. Es que, en realidad, esa época tuvo grandes herencias en mi amor por la astronomía, pues justo un año antes, y durante la primera parte del 86 ya mencionado, estuvo de visita el cometa Halley, del que otras veces he comentado. Aquí, como ven, les adjunto un par de fotos del disco, para que las conozcan los amigos de las nuevas generaciones y las recuerden quienes, como yo, también se conectaron con la delicia de la observación del cielo estrellado y de la luna llena con canciones e historias como esta.

Hay que decir, finalmente, que la niña de la que me enamoré en aquellos tiempos algo supo de mis sentimientos, muucho tiempo después, y que con el paso de los años jamás volví a saber absolutamente nada de ella. Pueda ser que le siga gustando el merengue ochentero, o que la luna que alguna vez, seguramente le regalaron, ilumine sus días y le regale grandes alegrías.

Imposible no hablar de esta canción sin anexarla. Ahí la tienen, vía Youtube.

Por un ideario Galileano

La Noche Estrellada, de Vincent Van Gogh. Óleo sobre lienzo, 1889 (Wikipedia)

Hola Galileanos!!

En días de fiesta y reflexión, de trabajo o de afanes presurosos, siempre resulta necesario y reconfortante devolver el tiempo al origen de lo que somos, de lo que nos define como personas y como amantes de alguna de las actividades que disfrutamos.

En mi caso, que es el mismo de este Blog, la pasión por el cielo estrellado tiene decenas de años a cuestas. No puedo decir que nació conmigo, pues no tengo tanta ni tan buena memoria; pero sí es un hecho que la fecha originaria del gusto por el cielo se quedó anclada en algún día de 1984, cuando el Cometa Halley pasó por este vecindario y animó decenas de publicaciones y entusiastas.

Como he dicho en otras ocasiones, jamás pude ver el Cometa. Observé el cielo decenas de noches, con menos de 12 años de edad, intentando captar la famosa cola dejada por el objeto extraterrestre, sin atinar a las coordenadas, a la altura o a la localización específica, pues el balcón de mi casa era bastante pequeño para mis intereses. Aún así, la semilla de la curiosidad por los misterios de la noche oscura quedó muy bien sembrada, dando frutos que apenas ahora comienzo a entender.

El Ideario Galileano
Aunque suene a un asunto de filosofía política, pienso que vale la pena remover los cimientos y asentar nuevamente las bases de lo que significan este Blog y sus publicaciones. Al fin y al cabo, una cosa era el 2009, cuando comenzamos y otra ocurre hoy, cuando abundan -por fortuna- los divulgadores de la ciencia, y se llevan a cabo decenas de actividades de promoción en diversos espacios de Ciudad y de Región.

  1. Observación libre y desinteresada del cielo: miramos, observamos, nos tendemos en el suelo y alzamos la mirada al firmamento, de día o de noche, con el fin de atraer a nuestros ojos los objetos, las historias y las preguntas que puedan llegar desde cualquier parte.
  2. Observamos con lo que haya: a simple vista, con binoculares o telescopios; con ayuda de aplicaciones especializadas o con la referencia de alguien que llegó a donde estamos. Nuestro propósito sigue firme en la observación recreativa, en la que aprendemos a responder preguntas con la ayuda de la tecnología y las conexiones a Internet. No nos las sabemos todas y no pretendemos saber más de lo necesario.
  3. No somos científicos: Somos observadores aficionados al cielo y a la astronomía, mas no actuamos como científicos, pues no lo somos. Carecemos de estudios avanzados en astrofísica, mecánica cuántica, física de partículas o exobiología. Disfrutamos esos temas y nos gustan muchísimo, y por eso preferimos escucharlos de los expertos en cada una de esas materias.
  4. Humanistas declarados: Optamos por las humanidades que también rodean la observación del cielo. Así, nos unimos con amor y fidelidad a la literarura, el arte, la filosofía, la historia o la antropología, por citar sólo algunas de las profesiones y áreas del conocimiento con las que nos sentimos más afines. Incluso, consideramos, como en el siglo XIX, que la arquitectura forma parte de las humanidades en las que nos interesamos. En el camino sabrán porqué.
  5. Encuentros, tertulias y cercanías: Disfrutamos de la integración de saberes, personas, costumbres y hasta de instituciones, pues creemos firmemente que la astronomía puede -y debe- seguir integrando a quienes esperan conectarse con ella, de cualquiera de las formas en que esto se hace posible. Poco a poco nos iremos conectando, conociendo, y disfrutaremos del cielo, sus estrellas e historias de la manera más descomplicada y sencilla posible.

Y listo, así arrancamos esta nueva etapa. Felices cielos y mejores historias!