Dicen que en los pueblos donde sacan oro hay muchas brujas. Dicen que en Segovia, en el Norte de Antioquia, los mineros enyerbados empiezan a temblar, a sufrir de insomnio, a olvidar lo que les dijeron el día anterior. Están tristes, irritables y no razonan con claridad. Y lo peor de todo: el aparato de allá abajo no les funciona.
Otros brujos -los buenos- tratan de espantar el encantamiento con baños de ruda y velas a la Virgen María. Pero aunque los hombres y mujeres de los pueblos estén convencidos de las presencias demoníacas -”brujas, de que las hay las hay”-, la ciencia ofrece su propia explicación: los mineros están intoxicados con el mercurio -o azogue- que usan para separar el oro de los sedimentos.